Íberos


Periodo


Siglos VII a.C. – I a.C.


Descripción


Origen

La cultura íbera se desarrolla desde el siglo VII a.C. hasta el siglo I a.C. coincidiendo con el final de la conquista romana de la Península Ibérica durante la época del emperador Augusto (31 a.C. a 14 d.C.), aunque su extinción definitiva se desconoce debido a que seguramente perduran en zonas lejanas a las ciudades durante algún tiempo más.

El nombre de Iberia es con el que los griegos denominan a la Península Ibérica a partir del siglo VI a.C. Se sigue la costumbre propia en la antigüedad de denominar a un territorio por el nombre de un río; en este caso puede tener su origen en el Hiberus (el Tinto o el Odiel, que desembocan juntos en la Ría de Huelva) o en el Iber (el Ebro, que desemboca en Deltebre, Tarragona). Había otra Iberia en el Cáucaso, a orillas del Ponto (el Mar Negro en la actual Georgia), pero no se sabe cuál recibe el nombre primero. El geógrafo e historiador griego Estrabón escribe que el nombre coincide a causa de la existencia de minas de oro en los dos lugares, aunque sin haber relación étnica ni cultural entre ellos. Ya durante el siglo I a.C. el término se refiere a toda la Península y así coexiste en época romana con el de Hispania. La referencia más antigua que existe relacionada con los íberos procede de la “Ora Marítima”, obra escrita en el siglo IV a.C. por el poeta latino Rufo Festo Avieno (Volsinii, Etruria, Italia) y basada supuestamente en un itinerario escrito en el siglo VI a.C. por marinos de Massalia (Marsella, Francia). En ella se indica que los íberos son un pueblo situado en la franja mediterránea peninsular y los diferencia del resto de pueblos del interior, menos civilizados.

Las raíces de los cambios que afectan a las poblaciones indígenas del final de la Edad del Bronce y que concluyen en el surgimiento del mundo íbero hay que buscarlas en las distintas influencias recibidas en la Península desde diversos ámbitos exteriores. Se producen contactos con grupos que ya en la Edad del Bronce recorren las costas atlánticas europeas. A través de los Pirineos llegan poblaciones celtas y otras relacionadas con la denominada “cultura de los campos de urnas”. Pero son principalmente los influjos procedentes del Mediterráneo Oriental los causantes de los cambios que convergen en la cultura íbera. Éstos son debidos en un principio a grupos de fenicios que comienzan con llegadas esporádicas, cada vez más frecuentes hasta llegar a la instalación de asentamientos estables como Gadir (Cádiz), cuya fundación las fuentes clásicas datan en el año 1100 a.C. La presencia fenicia tiene una gran trascendencia y es considerada clave por los investigadores en el desarrollo de los tartesos en el suroeste peninsular y luego, cuando éstos entran en crisis, de los íberos a partir del sureste peninsular en un territorio más amplio.

Los comerciantes fenicios llegan al extremo occidental del mundo conocido buscando la riqueza de los metales existentes, sobre todo la plata y el oro del sur o el estaño del noroeste. Ellos, por su parte, aportan novedosas técnicas de trabajo, materiales, costumbres e incluso sus dioses, lo que transforma para siempre la vida de las poblaciones locales. Gracias a estos grandes navegantes, los indígenas aprenden la metalurgia del hierro, el torno de alfarero, las ventajas de las casas angulares, la elaboración del vino o la obtención y múltiplos usos del aceite.

En definitiva, se entrecruza el saber de los nativos con el de los fenicios y los indoeuropeos, al que se añade el de los griegos a partir del siglo VI a.C. llegados desde las recién fundadas colonias de Malassia (Marsella, Francia), Emporion (Ampurias, Gerona) y Rhode (Roses, Gerona).

Ciudad y territorio

Los íberos ocupan la zona sur, central y este peninsular. Nunca alcanzan una unidad política, sin duda porque es algo ajeno a su propia cultura. Se agrupan en ciudades-estado. Sus principales asentamientos, los “oppida” (termino latino para referirse a las ciudades fortificadas, en singular “oppidum”), habitualmente tienen un tamaño y población de cierta consideración. Están fortificados y disponen de una organización interna de viviendas, calles, espacios comunes, así como otros elementos como edificios públicos, tanto civiles como religiosos. La mayoría se encuentran situados en lugares elevados, lo que facilita su defensa a la vez que aporta una buena visibilidad del entorno, el cual normalmente es una zona de influencia dependiente de ellos. De este territorio de alrededor obtienen una parte importante de los suministros necesarios para su funcionamiento, como alimentos, leña o materiales de construcción. Muy importante es la existencia de algún lugar cercano para el suministro de agua potable, ya sea un río o una fuente.

Las ciudades varían bastante de unas áreas a otras, sobre todo en su tamaño. Los mayores “oppida” se localizan en la zona sur de la Península, donde pueden alcanzar las 30 hectáreas de superficie. En cuanto a la población de cada una, se estima que no excede, para los casos más importantes, de los 3.000 habitantes. Algunas de las más extensas ciudades son Cástulo (Linares, Jaén) y Basti (Baza, Granada). Hay otros núcleos de población menores, sobre todo en la zona este de la Península, en donde destacan las atalayas situadas en puntos elevados para controlar el territorio circundante y los asentamientos agrícolas con superficie de hasta 2 hectáreas que se encuentran junto a zonas de cultivos en llanos o sobre pequeños cerros. El mejor ejemplo que nos ha llegado de atalaya es El Puntal dels Llops (Olocau, Valencia).

Las calles de las ciudades normalmente son de tierra, aunque hay muchos casos en las que están pavimentadas con piedras, losas e incluso con bordillos. En cuanto a la existencia de plazas, se han encontrado pocos asentamientos que las tuvieran. La forma de construcción habitual para cualquier tipo de edificación tiene forma cuadrangular, no sólo para las viviendas. Sólo hay elementos circulares en silos, hornos cerámicos y algunas torres defensivas. La mayoría de las viviendas son de una planta, aunque la presencia de escaleras en buen número de ellas nos indica la existencia de un segundo piso, o al menos de terrazas practicables. Es frecuente que incorporen patios, en la entrada o en el fondo de la casa, en ocasiones parcialmente cubiertos. También se han identificado semisótanos y despensas subterráneas.

Las viviendas habitualmente tienen dos habitaciones. Una sala principal que es propiamente el hogar y lugar en el cual se realizarían la mayoría de las actividades de la vida diaria. La otra es más pequeña y casi siempre se utiliza como almacén, en donde, además de vasijas de almacenamiento, suelen aparecer otros elementos como molinos y pesas de telar. El tamaño total de estas viviendas no acostumbran a superan los 50 metros cuadrados. Con menos frecuencia hay viviendas de una sola habitación y de más de dos habitaciones. Se han llegado a identificar algunas grandes viviendas con hasta 20 instancias; éstas tienen la función de residencias de las jefaturas de las ciudades y su ubicación es normalmente en lugares privilegiados dentro de ellas.

En la construcción, las técnicas y los materiales empleados son bastante homogéneos en todos los territorios. Por regla general las estructuras se asientan sobre una escasa cimentación. En muchos casos se limita a nivelar el suelo; cuando éste es de roca se rebaja hasta conseguir una superficie apta para edificar. Los muros se levantan mediante la colocación de un zócalo de piedras unidas con barro que por lo general no supera el metro, sobre el que se continua construyendo con adobe, o de manera menos frecuente con tapial. Está ausente el uso de la piedra tallada en forma de sillares regulares, así como las rocas duras difíciles de trabajar como el mármol.

El adobe se forma con bloques de barro cuya composición es arcilla, paja y agua, los cuales después de amasarse convenientemente se introducen en moldes de madera que pueden ser de muy distintos tamaños. Tras presionar bien la mezcla para que tome la forma, se desmoldan y se dejan secar durante unos 25 o 30 días antes de que estén listos para su utilización. La preparación del tapial es bastante parecida, aunque se sustituye la paja por grava para evitar las grietas durante el secado. Una vez lista la masa, en vez de en moldes individuales, se vierte directamente sobre el zócalo del muro, donde se ha instalado un encofrado de madera. Tras su apisonado para compactarlo bien, se deja secar, luego se retira el encofrado y finalmente se instala nuevamente este encofrado, ahora sobre el muro ya endurecido, para continuar el proceso hasta alcanzar la altura deseada. Tanto el adobe como el tapial tienen su punto débil en la humedad, razón por la que se colocan siempre sobre el zócalo de piedras que lo aísla del suelo. También por este problema con la humedad y para protegerlos de la lluvia, se revisten tanto exterior como interiormente de una capa protectora de barro, el enlucido, que normalmente se encala con yeso. A pesar de lo que pueda parecer, los muros de barro, ya sea adobe o tapial, resultan de gran resistencia y si se realiza un adecuado mantenimiento son de gran durabilidad. Se han encontrado algunos muros pintados de colores o con dibujos geométricos.

En cuanto a las cubiertas de las edificaciones, dependiendo del clima, pueden ser planas o ligeramente inclinadas, en este caso a un agua. La estructura del tejado se compone de una base de troncos sobre los que se extiende un lecho de ramas o cañas que a su vez se cubre con una gruesa capa de barro para impermeabilizarlo. El conjunto de troncos se une mediante cuerdas, o con menos frecuencia clavos de hierro. Las tejas no son utilizadas hasta su introducción por los romanos, siendo los ejemplares más antiguos del siglo II a.C. Se puede constatar que cuando una estancia tiene una anchura superior a los cuatro metros se suele añadir un poste de madera vertical, que ayuda a soportar el peso del techo, a menudo apoyado sobre una base de piedra para aislarlo de la superficie.

El suelo de estas construcciones normalmente es de tierra apisonada, en ocasiones decorado con pinturas o improntas de cuerdas o esteras, aunque también son frecuentes los pavimentos de cal o losas de piedra. Además, están documentados suelos de adobe, relacionados habitualmente con edificios asociados a actividades industriales como talleres textiles o almazaras. Es muy común la presencia de bancos corridos que están adosados tanto a los muros interiores como a los exteriores, construidos generalmente con adobe y que tendrían múltiples usos: asientos, soportes de vajilla y ajuar, o incluso camas tras cubrirlos con mantas o esteras.

Las fortificaciones que rodean a la ciudad se levantan por la necesidad de protección que hay en esta sociedad guerrera, pero seguro también por el prestigio que supone para las élites dominantes el disponer de unas poderosas defensas. Ofrecen un aspecto de gran monumentalidad y se consideran como las grandes obras públicas de la cultura íbera. Están formadas por murallas, torres, puertas y fosos. Dos de los mejores ejemplos de arquitectura defensiva son las de las ciudades de Puig de Sant Andreu (Ullastre, Girona) y Puente Tablas (Jaén). Las murallas más sencillas se componen de un muro simple de unos 50 o 60 centímetros de espesor, pero lo más habitual es la existencia de un doble paramento construido por dos muros paralelos que se rellenan de tierra y piedras. En ocasiones se refuerzan con muros transversales que unen ambos paramentos para aumentar su solidez. Los muros están construidos con un zócalo de piedra y un alzado de adobe o tapial. Se supone que en la parte superior habría un remate de almenas. Para el zócalo de piedra se utiliza generalmente la mampostería, es decir, piedras sin trabajar, aunque también se emplean sillares. En el caso de las llamadas murallas ciclópeas son de gran tamaño y no están ensambladas con mortero. Un ejemplo de restos de muralla ciclópea se encuentra en Ibros (Jaén). Las torres se construyen de la misma manera. Son generalmente cuadradas, aunque existen algunas redondas o poligonales. Pueden ser macizas o huecas. En los asentamientos más pequeños es habitual que no haya presencia de torres .

Las puertas de entrada a las ciudades son el punto más débil de las fortificaciones. Por esto muchas veces se construyen en codo o con torres. Su anchura es muy variable, dependiendo de la importancia del asentamiento, aunque habitualmente son de dos hojas. Están construidas de planchas de madera que en algunos casos de forran con láminas de hierro para hacerlas más resistentes y protegerlas del fuego. Se ha identificado la presencia de fosos en numerosos asentamientos, con la función de dificultar tanto la aproximación a las murallas como la excavación de túneles. No suelen circunvalar la totalidad del asentamiento, limitándose a los puntos más expuestos. Sus medidas varían mucho, se han encontrado hasta de un tamaño de 5 metros de profundidad y 13 metros de anchura. Lo corriente es un foso simple, aunque hay hasta grupos de cuatro fosos sucesivos.

Algunas de las ciudades destacadas son Puente Tablas (Jaén), Tejada la Vieja (Escacena del Campo, Huelva), Torreparedones (Castro del Río, Córdoba), El Oral (San Fulgencio, Alicante), El Tossal de Manises (Alicante), La Illeta dels Banyets de Campello (Alicante), La Quéjola (San Pedro, Albacete), El Castellet de Bernabé (Liria, Valencia), Alorda Park (Calafell, Tarragona), Tossal de Sant Miquel de Lliria (Valencia), Puig de Sant Andreu (Ullastret, Gerona), Cerro de las Cabezas (Valdepeñas, Ciudad Real), Carmo (Carmona, Sevilla), Urso (Osuna, Sevilla), Obulco (Porcuna, Jaén), Basti (Baza, Granada), Cástulo (Linares, Jaén), Celti (Peñaflor, Sevilla), etc.

Sociedad

La sociedad íbera es desigual, está muy jerarquizada y se articula sobre tres grupos sociales principales. En la cúspide se encuentran los reyes o aristócratas, según el periodo, luego los clientes y por último los esclavos. Las ciudades son inicialmente gobernadas por monarquías sacras, es decir, reyes que ocuparían su posición preeminente por designio de los dioses con los se creen emparentados. Pronto estas monarquías sacras son sustituidas por otras heroicas en las que los gobernantes pasarían a descender de un héroe que se creía emparentado a su vez con la divinidad. Pero a lo largo del siglo V a.C. parece que se producen importantes cambios sociopolíticos que implican la sustitución de estas monarquías de tradición orientalizante y que, tras una serie de convulsiones locales no del todo aclaradas, dejan su lugar a aristocracias guerreras. Dichos conflictos sociales parece que tienen relación con la destrucción de los monumentos escultóricos de la que se tiene constancia en diversos lugares, sobre todo durante los siglos V a.C. y IV a.C.

Ya sean inicialmente los reyes o luego los aristócratas, poseen una autoridad que se transmite de manera hereditaria y que ejerce el poder de una forma absoluta sobre un territorio más o menos amplio, organizando todas las actividades de la comunidad. Tienen también el mando militar en las guerras dirigidas tanto para mantener la integridad de su territorio frente a sus vecinos como para ampliarlo. Estos gobernantes viven habitualmente en residencias situadas en los puntos más elevados y centrales de la población. Son élites que se rodean de una clientela con la que no es necesario tener lazos de sangre. Los clientes tienen una relación de gran dependencia social con la clase dirigente, pagando unos tributos y asegurando una obediencia que les es garantía de protección. Dentro de los clientes hay grandes diferencias, ya que están incluidos en esta categoría distintos grupos, como los artesanos, comerciantes, agricultores, pastores, etc. Respecto a los esclavos, no se sabe con certeza que su existencia fuese generalizada, pero en algunas zonas su presencia está testificada. Por ejemplo, cuando los cartagineses al mando de Aníbal invaden Sagunto en el año 218 a.C., los esclavos son vendidos por diversos lugares de la Turdetania a otros íberos.

Existe una división del trabajo entre los habitantes de los asentamientos. Algunas personas están liberadas de las tareas propiamente productivas (ganadería y agricultura), las cuales se dedican a otras como pueden ser la artesanía o el comercio. Esta división del trabajo es posible gracias a un incremento de la producción agropecuaria, impulsada por una mejora de las herramientas y técnicas agrícolas, algo que permite una liberación de mano de obra que es ahora empleada en otras actividades. Se cree que un 50% de la población podría desempeñar trabajos agrícolas, un 15% estaría formado por artesanos, comerciantes, guerreros a tiempo más o menos completo y gobernantes, mientras que el restante 35% incluiría a niños y ancianos que, en teoría, no tendrían capacidad para trabajar. Las mujeres parece que se dedican a tareas agrícolas, domésticas y cuidado de los niños. De momento no se ha encontrado ninguna mención de mujeres que perteneciesen a la clase dominante.

Referente a la esperanza de vida, se ha realizado un estudio muy significativo, aunque está acotado a la información proporcionada por una única necrópolis y teniendo en cuenta que sólo parte de la población terminaba ahí. Se trata de la necrópolis de Setefilla (Sevilla), en donde la edad media de los restos pertenecientes a hombres es de 33 años y de las mujeres es 22 años. Esta diferencia de 11 años se explica por las complicaciones del embarazo y el parto, algo habitual en aquellas sociedades. Los 40 años de edad sólo los supera el 28,57 % de los hombres y el 6,67 % de las mujeres. También se estima que la mortalidad infantil podría suponer un 50 % de la total.

Guerra

Los guerreros parece que no constituyen grupos numerosos de forma permanente, sino que son reclutados en su mayor parte entre los clientes, según las necesidades militares de cada momento. Los cargos de responsabilidad estarían desempeñados por aristócratas de rango intermedio. Tradicionalmente se ha venido considerando que la forma de lucha típica de los íberos es la denominada de guerrillas, formada por pequeños grupos de guerreros dotados de armamento ligero que hostigan al enemigo mediante ataques por sorpresa tras lo que desaparecen inmediatamente gracias a su perfecto conocimiento del terreno. Este tipo de enfrentamientos se produce principalmente durante las primeras épocas y va evolucionando hasta llegar a una guerra más compleja. Existen unidades encuadradas en formaciones cerradas de unos cientos de combatientes que cuentan con la ayuda de otros dedicados a aspectos como el reclutamiento de ejércitos, traslado, alimentación de hombres y animales, estacionamiento de tropas, etc. Hay frecuentes enfrentamientos entre los distintos pueblos íberos, y entre estos y sus vecinos celtíberos o de otras etnias, aunque suelen ser de poca duración. Se trataría de choques que se limitan sobre todo a los meses de primavera y verano. Muchas veces es una forma más de obtención de recursos, principalmente para los habitantes de los territorios más pobres.

Los soldados se protegen con escudos, cascos, corazas y espinilleras. El armamento del que disponen son espadas, puñales, lanzas, jabalinas, hondas y arcos. Parece que no hay contingentes de caballería hasta el inicio de la Segunda Guerra Púnica, a partir de cuando empiezan a existir de forma habitual. Entre los materiales relacionados con el uso del caballo se encuentran los bocados y las espuelas; sin embargo no se han localizado herraduras. La falcata es la espada más conocida del ámbito de los íberos. Parece que su origen está en la machaira griega, de origen en la región de Iliria y que llega a la Península Ibérica en el siglo V a.C. adaptándose a las necesidades y gustos locales. Se acorta su longitud, se transforma la hoja de un filo en otra de doble filo y se le dota de unas acanaladuras a lo largo de la hoja que aligera el arma a la vez que mejora su rigidez. Mide de 55 a 70 centímetros, con una hoja curvada de doble filo en su último tercio, que permite que se utilice clavando su punta o cortando con sus filos. La hoja de la falcata se suele fabricar a base de varias láminas, generalmente tres de acero y hierro, soldadas mediante golpes de martillo sobre el yunque, lo que la dota de una gran dureza, resistencia y flexibilidad. Muchos de los ejemplares encontrados en los ajuares de las tumbas presentan decoraciones a base de nielado (una especie de damasquinado) con hilo de plata. De las tres láminas habituales de la hoja, la central se prolonga para formar el cuerpo de la empuñadura, que se completa con un mango de madera o metal sujeta por remaches. A su vez, la empuñadura comúnmente está cerrada y rematada con figuras de cabezas de caballo o ave. La funda se confecciona en cuero, en algunas ocasiones con rebordes metálicos. Se lleva normalmente casi de forma horizontal junto al abdomen en vez de ir colgada a un costado. La presencia de mercenarios procedentes de la Península Ibérica en las diversas guerras que se desarrollan a lo largo y ancho de Mediterráneo está bien documentada a partir del siglo VI a.C. Serían reclutados por las potencias que luchan en aquellos momentos por el control del Mediterráneo: cartaginenses, griegos y romanos.

Religión y muerte

Se desconoce bastante sobre los rituales religiosos y las divinidades que adoran. Se cree que en la etapa más antigua se dirigen las súplicas a las fuerzas de la naturaleza y a determinados animales como el lobo y el ciervo. Además de tener sus creencias ancestrales propias reciben la influencia de la religión fenicia. Dentro del arte íbero han llegado hasta nosotros algunas posibles representaciones de divinidades. Se desconoce si hay sacerdotes, aunque es muy probable la existencia de individuos que formarían un grupo social privilegiado encargado de los ritos y ceremonias religiosas así como de actuar de intermediarios entre hombres y dioses. Los máximos dirigentes de las ciudades también tendrían una importante función religiosa.

En las ciudades no se han encontrado edificios monumentales dedicados a las divinidades, aunque sí existen capillas dentro de algunas viviendas y pequeños santuarios públicos. Sin embargo, fuera de las ciudades hay algunos grandes santuarios vinculados a un ámbito territorial mayor, como el Cerro de los Santos (Montealegre, Albacete), el Collado de los Jardines (Santa Elena, Jaén), la Cueva de la Lobera (Castellar de Santisteban, Jaén), el Santuario de la Encarnación (Caravaca, Murcia) y el Santuario de Nuestra Señora de la Luz (Murcia). Estos lugares son espacios naturales lejanos de ciudades y cercanos a importantes vías de comunicación, habitualmente en cuevas o abrigos, hacia donde se dirigen las peregrinaciones y en donde se realizan las ofrendas. Algunos de estos santuarios continúan utilizándose durante dominio romano y adoptan la forma de templos clásicos. Esto ocurre en la Encarnación o el Cerro de los Santos.

Las ofrendas se fundamentaban en exvotos que mostraban el culto a divinidades de la naturaleza y la fecundidad. Los exvotos son uno de los elementos más característicos de la práctica religiosa. Eran figuras que se depositaban en los santuarios para obtener el favor de los dioses o para agradecer los ya recibidos. Solían ser representaciones de personas, animales o partes del cuerpo. Predominaban los fundidos en bronce, localizados por millares en los santuarios del Collado de los Jardines y de la Cueva de la Lobera, ambos de la provincia de Jaén. En Castellar de Santisteban, localidad en donde está situado este último santuario, hay un interesante museo que expone algunas de las piezas allí encontradas. Los exvotos se realizaban principalmente de bronce mediante la técnica de la cera perdida. Eran de pequeño tamaño, la mayoría entre 7 y 11 centímetros de altura, con una tipología y calidad muy diversa en su confección, ya que van desde simples varillas o láminas a las que se les marcan las extremidades y algunos detalles mediante cincelado, doblado o limado hasta obras de gran detallismo y muy cuidada factura. Hay representaciones masculinas, femeninas, niños, adultos, partes del cuerpo y animales. También podían ser de terracota como los de La Serreta de Alcoy, en Alicante, o tallados en piedra como los del Cerro de los Santos, en Albacete. Más excepcionales eran los fabricados en hierro. Había otras figuras de terracota, sobre todo femeninas, en este caso representando posibles divinidades. La mayoría han aparecido en ajuares funerarios de la zona de las actuales provincias de Alicante y Murcia. Otro elemento de terracota ampliamente repartido por todo el ámbito íbero son los pebeteros con forma de cabeza femenina fabricados con molde y que se suelen relacionar con divinidades femeninas protectoras de la agricultura como la fenicio-púnica Tanit.

En las prácticas religiosas parece que ocupaban un lugar destacado las ofrendas con sacrificios rituales de animales, las ofrendas de productos del campo, sobre todo frutos y cereales, y las libaciones, es decir, el vertido de líquidos en el lugar de los rituales. Respecto a las ofrendas de animales, se han encontrado numerosos restos en el interior de las poblaciones, tanto en el ámbito privado como en el público. Han aparecido en el basamento de torres defensivas, bajo las calles o en el interior de las viviendas. A su vez, también hay enterramientos infantiles bajo el suelo de muchas viviendas y en menor medida restos humanos de adultos en lo que también se interpreta como actos rituales. También en las necrópolis se realizaban prácticas religiosas, que estarían dirigidas a interceder ante los dioses a favor de los fallecidos y asegurar su renacimiento en el más allá. Los rituales consistirían en sacrificios, ofrendas de alimentos y libaciones. Dentro del misterio que suponía la muerte, no todas las personas recibían el mismo trato al final de sus vidas, ya que los ritos funerarios no sólo servían para honrar al difunto, sino que también eran una forma de reafirmar su estatus social. Es de destacar que una parte muy importante de la población era excluida no sólo del enterramiento en los cementerios, sino de los ritos funerarios.

La práctica habitual con los fallecidos eran las incineraciones. El rito se realizaba mediante una pira funeraria en la que, una vez consumida, se recogían los restos del difunto y se introducían en la urna funeraria junto a su ajuar, posiblemente tras el lavado de los huesos. Esta urna era un recipiente generalmente cerámico. Se realizaba un banquete funerario en la que había una parte correspondiente al difunto que se arrojaría al fuego o se depositaría en la tumba. Al final se realizarían las libaciones. Los ritos funerarios eran mucho más sencillos para las personas con menos posibilidades. De hecho, a veces, después de la combustión de la pira, se dejaban los restos en el mismo lugar de la cremación. Las inhumaciones eran muy excepcionales: sobre todo se han encontrado enterramientos infantiles y algunos otros casos aislados que podrían pertenecer a extranjeros. Los niños de muy corta edad, generalmente neonatos, eran inhumados en el interior de los asentamientos, bajo las casas, una práctica de carácter religioso, sociológico, afectivo o emocional, aunque también pudieron tener connotaciones sacrificiales o votivas. En las necrópolis han aparecido algunos enterramientos infantiles, de niños de pocos años, pero incinerados en todos los casos.

Por lo que respecta a los elementos del ajuar depositados en la tumbas, destacaban las piezas cerámicas. Sobre todo eran producciones propias íberas, aunque frecuentemente también había cerámicas importadas, sobre todo piezas griegas. También se han encontrado fusayolas y elementos metálicos como adornos, broches de cinturón, fíbulas, brazaletes, pendientes, etc. Muchos más escasos son los elementos en oro y plata. Las armas también abundan, sobre todo a partir del siglo IV a.C., siendo destacable la inutilización de las mismas antes de ser introducidas en las tumbas. Desde este siglo aparecen en los ajuares además otros elementos asociados a oficios artesanos como la metalurgia y a las labores agrícolas o ganaderas, algo posiblemente indicativo de cambios sociales que implicaron un aumento en las personas que podían recibir sepultura en las necrópolis. Éstas se situaban siempre fuera de los asentamientos. Se encontraban en sus inmediaciones, muchas veces junto a los caminos de acceso a los mismos. Las ciudades importantes podían tener varias. Eran lugares en donde se ponían de manifiesto las diferencias sociales. Un primer dato a considerar es que en las necrópolis solo se hallaban las tumbas del segmento de personas más significativo de la ciudad. Se cree que buena parte de la población, la de menor rango social, no se enterraba y era simplemente expuesta o abandonada, o se enterraba según prácticas de las que no ha quedado vestigio alguno. Por tanto, sólo tenemos evidencias funerarias de un sector de la población.

Las tumbas podían ser de muy diversa tipología. Algunas eran formas de enterramientos muy simples y generalizadas, consistente en un simple hoyo o depósito para recoger los restos de la cremación, con un modesto ajuar o sin él, y con un sencillo señalamiento en el exterior, si lo tenía, que podía ser una losa o un montículo de piedras. A diferencia de estos enterramientos, las clases privilegiadas contaban con tumbas de cámara, subterráneas o construidas sobre el nivel del suelo, que podían ir cubiertas con un túmulo de planta circular o cuadrada a la manera de una pequeña colina artificial. Además se caracterizaban por la riqueza de los ajuares y frecuentemente disponían de monumentos de gran porte arquitectónico y riqueza decorativa. Algunos ejemplos son la cámara sepulcral del Toya (Peal de Becerro, Jaén) y el sepulcro de Pozo Moro (Chinchilla, Albacete). En cuanto a la disposición, en varias necrópolis se ha documentado la presencia de tumbas principales alrededor de las cuales se agrupan otras más sencillas, cuya categoría desciende conforme se van alejando de las más destacadas.

Lengua y escritura

Las lenguas y escrituras íberas tomaron como fuente los alfabetos fenicio y griego, combinando letras y sílabas. Fue un desarrollo propio, inspirado en aquellas y adaptado a sus necesidades. Existían variaciones por las distintas zonas geográficas. Se conservan alrededor de 2000 inscripciones pertenecientes al periodo entre finales del siglo V a.C. y el cambio de era. Todavía son mucho más las dudas que las certezas en relación con esta lengua. Es una escritura muy compleja, escasamente documentada y cuyo estudio entraña numerosos problemas. Aún no se ha podido descifrar, aunque comprendemos bastante bien su fonética y se sabe una gran cantidad de topónimos y antropónimos. Posiblemente el conocimiento de la escritura era algo reservado a muy pocos. Los textos, ya fuesen mercantiles, jurídicos, financieros, votivos o religiosos, se grababan sobre diversos soportes: monedas, piedras, piezas de cerámica, estelas funerarias, paredes de abrigos y cuevas, y sobre todo, láminas de plomo. Éste es el soporte por excelencia para esta escritura. Seguramente muchos de estos plomos escritos serían cartas comerciales. El llegar a entender la escritura supondría un gran avance en la comprensión de la cultura íbera. Posiblemente la forma de conocerla sería descubrir una pieza al estilo de la piedra Rosetta. A partir del siglo I a.C., por la presencia de los romanos, la lengua y el alfabeto íberos comienzan a desaparecer, siendo sustituidos por el latín.

Agricultura

Al inicio de este periodo se dio el paso desde una agricultura de subsistencia a una producción con vistas a la creación de excedentes para su comercialización, algo que estuvo estimulado por avances tecnológicos que consiguieron aumentar la productividad de la tierra. Esto queda evidenciado por la aparición de una gran variedad de herramientas de hierro, como arados, azadas, azuelas, hoces, etc. Las herramientas de madera continuaron utilizándose, aunque en menor medida. Otros progresos importantes fueron el uso extensivo tanto del abonado como del regadío y la alternancia de cultivos con el fin de evitar el agotamiento de los suelos.

La tierra adquirió un valor material del que anteriormente carecía, lo que la convirtió en un elemento de riqueza que hizo que se tendiera a concentrarse en manos de las clases dominantes, que la transmitían en herencia. Aunque la gran mayoría de los cultivos de época íbera son de secano, queda patente ya desde el comienzo de esta cultura la presencia del regadío, que adoptaría la forma del tradicional huerto. Los principales cultivos serían de cereales (cebada, trigo, mijo, etc.), leguminosas (lentejas, guisantes, garbanzos, habas, etc.) y frutales (manzano, granado, higuera, almendro, etc.). Además de cultivar todas estas variedades, no se abandonó la recolección de especies silvestres como los frutos secos y las castañas. También muy importantes fueron el cultivo de la vid y el olivo, de los que se trata en detalle más adelante.

Ganadería

Se contaba con numerosos animales domesticados: sobre todo cabras, ovejas, vacas, cerdos, burros, mulos, bueyes, caballos, gallinas y perros. Las cabras y las ovejas predominaron inicialmente en la zona del Levante y luego se extendió al resto de lugares. De ellas se obtenía carne, leche, queso y lana. Las vacas eran más comunes en la zona sur. Se utilizaban como fuerza de trabajo y también proporcionaban carne, leche, queso y cuero. El cerdo fue un animal cada vez más importe con el paso de los años, debido a su resistencia y porque de él se hacía un aprovechamiento prácticamente completo. Los burros, los mulos y los bueyes se utilizaban, junto con el ganado vacuno, como fuerza de trabajo. Aunque con toda seguridad además facilitaban carne y cuero. Los caballos se empleaban sobre todo para el transporte, la caza y en la última época también como fuerza militar. En cuanto a aves de corral, solo se ha identificado la gallina, de la que se aprovechaba la carne y los huevos. Finalmente tenemos al perro, que se utilizaba para la caza y como animal de compañía.

Caza y pesca

La caza no se abandonó a pesar del uso extensivo de la ganadería, estando presente en algunos lugares de una forma importante. Las piezas capturadas eran principalmente las pequeñas: conejos, liebres, perdices, palomas, etc. Aunque también se conseguían animales grandes como los jabalíes y los ciervos. Se realizaba a pie o a caballo; a veces los cazadores se acompañaban de perros o aves rapaces para ayudarles en el objetivo.

La pesca la practicaba tanto en mares como en ríos. Es frecuente la localización de anzuelos en las excavaciones, generalmente fabricados en bronce y muy similares a los utilizados en la actualidad. También han aparecido plomos, muy posiblemente pertenecientes al lastre de las redes. En las zonas costeras la pesca se convirtió en una actividad económica de gran importancia. Los fenicios introdujeron la producción de las salazones y técnicas extractivas como las almadrabas, con sistemas de redes fijas de gran complejidad para la captura de especies migratorias como podían ser los atunes. Los moluscos también eran recolectados en las zonas de los asentamientos costeros. Además de servir de alimento, muy posiblemente luego las conchas se utilizaban como elemento ornamental y quizás ritual, ya que algunas han aparecido en posibles lugares de culto.

Otro elemento de gran importancia era la miel. Podría recolectarse de paneles de abejas silvestres u obtenerse mediante la apicultura. Se han localizado, sobre todo en la zona este, grandes colmenas tubulares fabricadas en cerámica, de unos 80 centímetros de longitud por 30 centímetros de diámetro, abiertas por ambos extremos y ralladas interiormente; se cree que se taparían con piedras, corcho o madera.

Productos elaborados

La vid y el olivo comenzaron a cultivarse en la mitad sur peninsular a partir de la colonización fenicia, y además, supuso la producción de sus productos derivados, el vino y aceite. Ambos cultivos se generalizaron por toda el área íbera y esto llevó asociado el desarrollo de los talleres alfareros que fabricaban las ánforas para su transporte.

El vino al principio era un artículo de lujo. Sólo tenían acceso a él las familias principales que lo empleaban en ceremonias o celebraciones que subrayaban su preeminencia social. En el siglo IV a.C. el cultivo de la vid se había extendido de forma muy importante y el aumento de producción hizo que dejase de ser un producto exclusivo de las élites. Sin embargo, se importaban vinos griegos e itálicos que seguían considerándose artículos de lujo. En Requena (Valencia) son de destacar los lagares excavados al aire libre sobre grandes rocas. Estaban compuestos por una pequeña balsa para el pisado de la uva y otra más pequeña a la que caería el mosto a través de unos orificios. Desde este segundo hueco se trasvasaría a las ánforas, donde se produciría la fermentación, con el recipiente abierto, durante 30 o 40 días. Luego se procedía al tapado y almacenaje en lugares adecuados hasta su consumo o trasporte. Según los historiadores griegos, los íberos consumían el vino al modo bárbaro, es decir, puro, sin mezclar con agua, al contrario que los griegos que llegaban a rebajarlo hasta un 75 %.

El aceite de oliva se podía obtener tanto del olivo cultivado como del acebuche, la especie autóctona silvestre. Era un producto de gran importancia por sus diversas utilidades: alimentación; conservación de alimentos; elaboración de ungüentos, perfumes y jabones; fabricación y tinte de tejidos; y como combustible para la iluminación. Hasta ahora no se ha localizado ningún molino aceitero, con lo que se considera que el jugo se extraería de las aceitunas mediante el pisado, procediendo posteriormente al prensado de la pasta resultante. De estas prensas aceiteras si que nos ha llegado gran cantidad de restos, fabricados en piedra, de forma circular u ovalada y con unos canalillos excavados que conducirían el aceite hacia algún recipiente colocado en un lateral. Se han encontrado almazaras en lugares como el asentamiento de Els Estinclells (Urgell, Gerona) o Requena (Valencia).

También se producía cerveza. Esta bebida, obtenida de la cebada, sería un producto más popular que el vino. Han aparecido grandes vasos con agujeros identificados por los investigadores como filtros para su elaboración en poblados como El Amarejo (Bonete, Albacete). La harina se obtenía a partir tanto del trigo como de la cebada, mediante la utilización de molinos circulares o barquiformes, siendo estos últimos los más antiguos y abundantes. Con la harina se hacían alimentos como las gachas y el pan. Se han identificado muy pocos hornos para la cocción del pan u otros alimentos en los poblados. Los que se han localizado suelen ser de gran tamaño, con lo que se les atribuye un uso comunitario. Respecto al queso, se han encontrado algunas piezas cerámicas con agujeros que han sido identificadas como recipientes para la separación del requesón y el suero de la leche durante el proceso de fabricación de este producto.

Conservación y almacenaje de los alimentos

La conservación de los alimentos ha sido uno de los grandes desafíos a los que se ha tenido que enfrentar el ser humano a lo largo de la historia. El sistema más utilizado para la conservación de los cereales eran los silos. Pero había otros muchos alimentos que necesitaban métodos diferentes, como podían ser las salmueras, las salazones, la inmersión en aceite o miel y el ahumado. De todos estos sistemas, el más importante es el uso de salmueras, que se utilizaban tanto para el pescado como la carne. Hay constancia de la producción de salmueras y salazones en el sur peninsular desde la época de los fenicios, y en asentamientos íberos desde el siglo V a.C., aunque en este caso principalmente para consumo de las élites. Esto además llevaría aparejado el desarrollo de diversas actividades para la obtención de sal, tanto en salidas costeras, como en minas de sal gema o manantiales y lagunas saladas.

El almacenamiento de cantidades no muy elevadas de alimentos se hacía en recipientes cerámicos, principalmente ánforas para líquidos y tinajas para sólidos, que tienen la ventaja de ser móviles y duraderos, aunque es muy posible que para el transporte se utilizaran otros recipientes más ligeros y menos frágiles, como pudieran ser los odres de piel para los líquidos y los sacos para los sólidos. Para almacenar cantidades grandes se utilizaban silos excavados en el suelo. Uno de los más importantes de los conocidos es el de Mas Castellar (Pontós, Gerona), en donde se estima que habría entre 2500 y 3500, aunque se desconoce cuántos estarían en uso al mismo tiempo. También se han encontrado edificios considerados como lugares específicos de almacenamiento, como en La Illeta del Banyets (Campello, Alicante) y en La Moleta del Remei (Alcanar, Tarragona).

Es frecuente la presencia de cisternas de agua, que se encuentran en número variable tanto en el interior como en el exterior de las ciudades. Un caso excepcional y ciertamente espectacular es el de Castellar de Meca (Ayora, Valencia), donde se han localizado más de un centenar de estos aljibes excavados en la roca caliza del asentamiento. En algunos casos se conservan canalillos labrados en la roca que, desde las calles, recogían y conducían el agua de lluvia hasta los depósitos. De todas formas, algunas de estas cisternas pudieran haber tenido otros usos distintos, como el almacenaje de grano o despensa. También existían recipientes cerámicos especialmente diseñados para el trasporte de líquidos, como eran los toneletes, preparados para su transporte en animales o carros, y las cantimploras, para ser transportadas por una persona. El agua en las viviendas se cree que se almacenaría en ánforas.

En el interior de las viviendas había despensas, algunas de gran tamaño como la casa número 2 de Los Villares de Caudete (Valencia), donde aparecieron 92 ánforas que posiblemente habrían contenido vino. Además, se utilizaban diversos recipientes y utensilios para la alimentación: platos, cuencos, fuentes, vasos, tazas, jarras, botellas, ollas, cazuelas, cuchillos de hierro de hoja curva, morteros, embudos, coladores, cazos perforados, braserillos, parrillas, asadores, morillos (utilizados para mantener los troncos en el hogar y para sostener parrillas y asadores), etc. Nos han llegado los que están realizados con materiales no perecederos, principalmente cerámica y metal. Pero seguramente una parte muy importante de ellos estarían fabricados con otros materiales como madera, cuero y tela, por lo que han desaparecido.

Comercio

A lo largo de la historia de la cultura íbera se produjo una evolución en la forma en la que se realizaban los intercambios, tanto de mercancías como de servicios. El comercio estaba monopolizado en gran parte por las élites, que reafirmarían su estatus en función del prestigio añadido que les proporcionaba el control de los medios de producción, el intercambio comercial y la distribución, junto al acaparamiento de las mercancías obtenidas en estos intercambios.

Inicialmente en el comercio tomarían parte exclusivamente las élites y se produciría con las colonias fenicias y griegas. Principalmente recibían objetos exóticos de lujo a cambio de metales, de los que el sur de la Península Ibérica era especialmente rico. Más tarde el comercio abandonó el ámbito exclusivo de la aristocracia para extenderse tanto a nivel social como geográfico. Aumentaron las transacciones y el número de asentamientos que vivían principalmente del comercio, sobre todo en las zonas costeras. También se diversificaron las mercancías con las que se comercia. Aun así, el control de las transacciones y las rutas comerciales seguirá en manos de las élites. Después de la llegada de los romanos y con la desaparición de muchos de los asentamientos íberos, buena parte de este comercio se redujo a ámbitos locales y regionales. Las principales rutas comerciales pasaron a formar parte del control romano. La forma de pago de las mercancías variaba según el momento histórico, las zonas y los casos concretos. Se utilizaba el trueque, el sistema monetario y el metal al peso, sobre todo la plata.

Moneda

Los íberos tardaron tiempo hasta acuñar moneda en cecas propias (talleres de acuñación de moneda), aunque antes ya conocían y utilizaba las ajenas. La moneda como tal apareció en Lidia, ciudad griega de Asia Menor, en el siglo VII a.C. y se extendió rápidamente por todo el Mediterráneo, llegando pronto a la Península Ibérica, lugar donde se las tomaba como otro objeto exótico más, con un valor intrínseco por el peso del metal que contenían. También existían monedas partidas por la mitad o en cuartos, supuestamente con la intención de obtener moneda fraccionaria.

Los principales focos difusores de la moneda por el territorio peninsular fueron las colonias griegas del noreste: Emporion (Ampurias, Gerona) y Rhode (Roses, Gerona). Desde ellas, y a lo largo del siglo V a.C. las primeras monedas que se extendieron fueron acuñaciones derivadas de las denominadas “tipo auriol” que, aunque originales de Massalia (Marsella, Francia), también pudieran haber sido producidas en Emporion, al menos en parte, dada su abundancia en la zona. A partir de finales del siglo V a.C. y sobre todo a lo largo del siglo IV a.C., con la participación de gran número de mercenarios íberos en diversas guerras por todo el Mediterráneo, estos descubrieron realmente los beneficios y ventajas del uso de la moneda. Las emisiones aumentaron y se diversificaron. Estaríamos ante un paso intermedio entre el uso de metales preciosos al peso y la moneda como tal, en la que convivirían los pagos mediante pequeños fragmentos de plata y las monedas propiamente dichas. En el siglo IV a.C. sólo hay constancia de acuñación de moneda por parte de una ciudad íbera, Arse (Sagunto, Valencia). Poco antes del inicio de la Segunda Guerra Púnica hubo un cierto desarrollo de las emisiones de monedas íberas, aunque todavía de manera algo escasa. Se distinguen dos zonas de actuación. Por un lado, el entorno de las colonias griegas del noreste, donde directamente se falsificaban las monedas de Emporion y Rhodes, dando lugar a las denominadas dracmas de imitación, que llegan incluso a utilizar leyendas griegas inventadas. Por otra parte, se destacaban un número reducido de ciudades íberas no vinculadas directamente con las colonias griegas como podían ser Arse (Sagunto, Valencia), Saiti (Játiva, Valencia) o Cástulo (Linares, Jaén). Las más cercanas culturalmente al mundo griego, Arse y Saiti, emitían monedas utilizando plata, mientras que Cástulo, bajo control cartaginés, lo hacía en bronce.

El gran revulsivo para el uso de la moneda en la Península Ibérica fue la Segunda Guerra Púnica, ya que se puso en circulación una inmensa cantidad de dinero. Esto fue debido a que había unas grandes exigencias económicas por parte de los contendientes en sus respectivos ámbitos de actuación, además de para su uso en el pago de mercenarios y el reparto de botines. Las tropas romanas se surtían de emisiones principalmente de Emporion, aunque también recibían moneda de Roma. Sobre las tropas cartaginesas no hay seguridad de la ceca emisora de su moneda, pero bien pudo ser Quart Hadasht (Cartagena, Murcia). Además, existían cecas móviles militares en ambos bandos que producirían según las necesidades de cada momento. Muchas de las anteriores monedas acabaron en manos de la población íbera. Aunque una vez acabada la guerra, los romanos se hicieron con la mayoría de ellas debido a la política fiscal recaudatoria que llevaron a cabo contra los indígenas íberos. De hecho, hoy día son muy raros los hallazgos de piezas datadas de finales del siglo III a.C. Sin embargo, las acuñaciones de monedas íberas tendrán su mayor esplendor a partir de la época de dominio romano, sobre todo desde finales del siglo II a.C. hasta la derrota de Sertorio en el año 72 a.C. Pero durante este tiempo, respecto a las inscripciones que aparecían en las monedas, se fue abandonando progresivamente la tipología y escritura íbera para pasar a leyendas bilingües y finalmente a la tipología y escritura romana en latín. El declive llegó por el emperador Claudio, confirme a la decisión tomada por el emperador Calígula en torno a los años 39 y 40 d.C. de prohibir las emisiones locales, y solo permitir las acuñaciones de Roma.

Transporte

Un elemento imprescindible para el comercio era la utilización de algún medio de comunicación para transportar las mercancías de un punto a otro. El medio más utilizado para el transporte a larga distancia era el barco, aunque tenía el inconveniente de que no podía utilizarse durante todo el año. Las embarcaciones no tenían la suficiente resistencia ni los navegantes las técnicas adecuadas que les permitieran navegar cuando el estado de la mar empeoraba, limitándose principalmente a los meses de primavera y verano. Se sabe que tanto los fenicios como los cartagineses utilizaban la posición del sol y la estrella polar para orientarse en el mar, además de llevar aves que soltaban para saber la posición de la costa cuando no la tenían a la vista. Aparte de la navegación a larga distancia, también sería de gran importancia la navegación de cabotaje, sin perder la referencia de la costa, que conectaría todas las costas peninsulares, principalmente desde el golfo de Rosas hasta Huelva. Esto se vería favorecido por las corrientes marinas, que en esta zona del mar Mediterráneo recorren las costas en sentido contrario a las agujas del reloj.

Si tenemos en cuenta que las embarcaciones antiguas navegarían a una velocidad que rondaría los 5 a 8 kilómetros por hora, para recorrer las alrededor de 900 millas de la costa occidental peninsular, y siempre contando con unas relativamente buenas condiciones de navegación, se precisarían unas 225 horas de navegación efectiva. A este tiempo habría que sumar las paradas imprevistas, escalas y fondeos para pernoctar, ya que parece ser que en aquella época, al menos para el cabotaje, no se navegaba durante las horas nocturnas, lo que en la práctica significaría que este periplo no duraría menos de cuatro semanas. La preferencia del transporte naval al terrestre era principalmente una cuestión económica. Cualquier cargamento necesitaba por medios marítimos menos necesidades tanto materiales como humanas que si se hiciese por tierra, en donde podría requerir cientos de carros con sus animales y arrieros. Por los mismos motivos económicos y también por la falta de vías terrestres, estaría también muy extendido el trasporte fluvial por los ríos. En aquellos momentos, a diferencia de lo que ocurre en nuestros días, los ríos tenían un mayor caudal y serían relativamente abundantes los que podrían ser navegados en mayor o menor longitud, algo que queda evidenciado en la gran cantidad de asentamientos en las riberas de los ríos que vivían del comercio y el transporte a través de ellos. Por ejemplo, Cástulo (Linares, Jaén) disponía de un puerto en el río Guadalimar.

En lo que respecta al transporte terrestre, tenemos constancia de dos importantes vías de comunicación que recorrían la Península Ibérica del norte al sur. Por un lado estaba la conocida como Vía Heráclea, más tarde rebautizada como Vía Augusta, y que vertebraba buena parte de la costa mediterránea desde los Pirineos hasta llegar a Saiti (Játiva, Valencia), en donde se desviaba hacia la actual provincia de Albacete y, desde allí, en dirección a las ricas zonas mineras de Sierra Morena para continuar hasta Gadir. Por otro lado tenemos la denominada Ruta de la Plata, que ya en el siglo VII a.C. comunicaba los territorios tartésicos con el norte de la Meseta a través del corredor natural que recorre todo el oeste peninsular y que era fundamental para el comercio del oro y el estaño. El nombre de Ruta de la Plata no tiene nada que ver con el transporte de este metal; es la denominación actual derivada una palabra musulmana que significa “camino empedrado”. Para el transporte terrestre se utilizarían mayoritariamente las recuas de mulas, dada la difícil ortografía y la escasez de caminos aptos para los carros. Se puede señalar que un animal al completo de carga podía recorrer hasta 50 kilómetros al día. Cuando se disponía de mejores caminos, el trasporte se realizaría con carros tirados tanto por équidos como por bueyes.

Cerámica

La cerámica es el elemento más abundante que nos ha llegado de la cultura íbera. Además, a su durabilidad se une unas características físicas, formales y decorativas que nos aportan una información muy importante para situar tanto temporal como culturalmente un yacimiento y muy especialmente para datar los estratos en los que aparece. En la Península Ibérica, gracias a los fenicios, el paso desde la cerámica modelada a mano al uso del torno rápido se produjo a finales del siglo VIII a.C. Ambos tipos de producción fueron utilizados por los íberos durante toda su existencia, limitándose la cerámica a mano casi de forma exclusiva para la creación de vajilla de cocina. Los fenicios también introdujeron el horno de doble cámara, que mejoró mucho la técnica de fabricación. Este horno tenía dos cámaras independientes: la inferior o de combustión era donde se quemaba la leña y la superior o de cocción era donde se colocaban las piezas cerámicas. Ambas cámaras estaban separadas por la parrilla, una superficie de obra perforada para facilitar el paso del calor.

La producción de cerámica logró una gran calidad. El complejo proceso de elaboración comenzaba con la obtención de arcillas con unas características concretas, su trituración y depuración mediante balsas de decantación sucesivas. Los bloques de arcilla así obtenidos se almacenaban húmedos a la sombra para conseguir la descomposición de los restos orgánicos que pudiera contener. A continuación se procedía a un concienzudo amasado, proceso durante el cual se añadían los desengrasantes, que solían ser rocas, cerámica o conchas debidamente trituradas y que se incluían para mejorar las cualidades de la cerámica y soportar mejor los cambios de temperatura. A partir de aquí ya se podía proceder al modelado de las piezas y al añadido de elementos como asas o pitorros, tras lo que las piezas se dejaban secar lentamente. Sólo tras este secado se podía proceder a su cocción, en un proceso muy especializado que implicaba un gran dominio del fuego. La cocción comenzaba con un aumento gradual de la temperatura del horno hasta alcanzar de 900 a 1.000 grados centígrados. Este proceso de cocción duraba entre 15 y 20 horas, tras lo que se producía un lento enfriamiento que podía alargarse durante varios días, ya que cualquier contraste brusco de temperatura podía provocar la rotura de las piezas. Si se quería obtener un acabado más fino se daba a las piezas un baño de arcilla líquida muy depurada. Esto se conoce como engobe, que también podía servir para cambiar el color de la pieza mediante la adición de colorantes a la arcilla. A veces, previamente a la cocción se realizaba una decoración pictórica que, por lo general, utilizaba líneas y motivos geométricos muy repetitivos y estandarizados, siendo los elementos figurados muchos menos abundantes. Para la pintura se solían utilizar pigmentos minerales, sobre todo el óxido de hierro que aportaba esa típica coloración de color castaño y el óxido de manganeso que proporcionaba el color negro. Otros elementos decorativos menos utilizados fueron el estampillado y el bruñido. El estampillado se conseguía aplicando pequeñas matrices sobre el barro aún fresco y el bruñido se obtenía mediante el frotado de la pieza antes de su cocción consiguiéndose un mayor brillo y suavidad. La producción de la cerámica era una actividad que normalmente se desarrollaba fuera de los poblados, ya fuese en las cercanías de los mismos o en vías de comunicación, en un lugar de fácil acceso a yacimientos de arcilla, agua y leña. Se han localizado un buen número de hornos cerámicos. Los más antiguos pertenecen a finales del siglo VII a.C. e inicios del siglo VI a.C., como los de Pinos Puente (Granada) y Las Calañas de Marmolejo (Jaén).

Industria textil

Se trataba de una industria de gran importancia en la vida diaria y que las fuentes antiguas alababan por su calidad. Utilizaban materias primas de origen vegetal y animal. Entre las de procedencia vegetal destacaban el lino y el esparto mientras que la de procedencia animal era sobre todo la lana. A pesar de haber encontrado algunos talleres textiles especializados, como el del siglo III a.C. del poblado de Coll de Moro (Gandesa, Tarragona), habitualmente sería una labor doméstica, ya que se han encontrado muchos elementos de telar e hilado en el interior de las viviendas. Entre ellos destacan dos piezas: las fusayolas y las pesas de telar. Las fusayolas son pequeñas piezas de cerámica o de piedra perforadas por su parte central para pasar una varilla (el uso) y servían de contrapeso en el hilado por torsión. Algunas presentaban una profusa decoración e incluso inscripciones en lengua íbera. Las pesas de telar o ponderales tenían una o más perforaciones transversales, que servían para mantener tensas las hebras de hilo mientras se tejía. Se utilizaba principalmente el telar vertical, apoyado contra los muros, como se puede apreciar en un vaso localizado en Sant Miquel de Llíria (Valencia), pero también el de placas y el de liza, que eran telares de mano muy útiles para la confección de tiras estrechas decoradas.

Según las representaciones artísticas que nos han llegado, tanto los hombres como las mujeres se vestían básicamente con dos prendas, la túnica y el manto. En el caso de los hombres, la túnica podía tener diversas longitudes, aunque habitualmente era corta, y se sujetaba con un cinturón o cordón. El manto se utilizaba cubriendo a la túnica y estaba tejido en una sola pieza, siendo de muy variadas tipologías y llevándose normalmente sujeto al hombro derecho mediante una fíbula o imperdible. En las representaciones aparecen menos frecuentemente los pantalones y las chaquetillas ajustadas. En el caso de las mujeres, la túnica solía ser larga incluso hasta los tobillos y se han identificado diversos tipos gracias a los exvotos femeninos: lisas, plisadas, con volantes, etc. El manto cubría a la túnica y llegaba hasta los pies. También en ocasiones se utilizaría un velo que llegaba hasta los hombros. En cuanto al calzado, abundaría los de paño y cuero con suelas de esparto tanto para hombres como para mujeres.

Metalúrgica

El principal motivo de la llegada a comienzos de primer milenio a.C. de los primeros comerciantes fenicios al sur de la Península Ibérica fue para conseguir metales, cuya presencia era abundante en esta zona. El oro, la plata y el estaño eran los más apreciados. El oro se obtenía principalmente de los cauces de los ríos. Eran pepitas que se sacaban sobre todo en varios afluentes del río Guadalquivir, como el río Genil y el río Darro, aunque también de otros lugares como el río Segura. También había algunas explotaciones mineras, como las minas de Riotinto en Huelva, que fueron otra importante fuente para conseguirlo. La plata tenía como mayor centro productor en Cástulo (Linares, Jaén), aunque también se hallaba en diversos lugares del resto del sur y sureste peninsular. El estaño se localizaba principalmente en el noroeste peninsular y llegaba al sur a través de rutas terrestres y marítimas. Era un metal escaso y se utilizaba frecuentemente para la obtención de bronce. El bronce es una aleación que se obtenía con cobre y estaño. Menos habitual se conseguía con la combinación de cobre, estaño y plomo. El estaño estaba en una baja proporción por su indicada escasez en el área íbera. El cobre y el plomo tenían como centros de producción destacados los de Riotinto en Huelva o Cerro Muriano en Córdoba. El plomo se obtenía en grandes cantidades como un subproducto de la plata, ya que por cada kilo de plata se conseguían 100 kilos de plomo. Tenía muchas utilidades gracias a su bajo punto de fusión y su maleabilidad. Por ejemplo recipientes, grapas para fijar sillares, lastre y cepos de ancla para los barcos o láminas para soporte de escritura. También se utilizaba en combinación con el estaño y el cobre para obtener un bronce de mayor calidad. El hierro permitió fabricar gran cantidad de objetos que se caracterizaban por su dureza y resistencia, como armas, aperos agrícolas, piezas de carros, atalajes de caballos, etc. Era un metal muy abundante, pero su manejo para producir las piezas requería unas técnicas complejas que posiblemente fueron introducidas por los fenicios en el siglo VIII a.C. Su principal dificultad era conseguir la temperatura de fusión del metal, que es de 1.536 grados centígrados, mientras que los hornos de los íberos anteriores a los fenicios apenas sobrepasaban los 1000 grados centígrados. Los metales preciosos, que eran escasos, se reservaban para la joyería y la fabricación de algunos objetos de lujo.

Arte

Las representaciones artísticas íberas alcanzaron una calidad muy destacable, caracterizándose por la influencia que obtuvieron de las culturas griegas y fenicias. La escultura es posiblemente la forma de expresión artística más importante de los íberos. En ella se aprecia claramente los influjos externos, principalmente griegos. La motivación principal para su realización se cree que se debía a que las élites buscaran una forma de marcar claramente las diferencias con el resto de la población y hacer ostentación de su supuesto pasado heroico. Una característica muy extendida fue la metódica destrucción de la que fueron objeto buena parte de los monumentos escultóricos. La mayoría de ellas se encontraban en ámbitos funerarios y se ha relacionado esta destrucción con las revoluciones sociales que modificaron las estructuras sociales a lo largo del desarrollo de la cultura íbera. De este modo se intentaba acabar con los símbolos de los anteriores dirigentes. Los materiales que se utilizaban eran piedras que no fuesen duras, algo que facilitaba el trabajo y permitía utilizar materiales como escoplos, formones y gubias, que se podrían golpear con mazos de madera e incluso con la mano. Para hacer agujeros en la piedra se utilizaba el trépano y para el alisado de las superficies se usaban abrasivos, posiblemente en polvo. Muchas piezas se pintaban, bien directamente sobre la piedra o tras recibir ésta una imprimación previa. Algunos ejemplos entre las importantes piezas que nos han llegado son la Dama de Elche en Ilici (Elche, Alicante), la Dama de Baza en Basti (Baza, Granada), la Bicha de Balazote (Albacete), el León de Nueva Carteya (Córdoba), el Cipo de Jumilla (Murcia), los relieves de algunos sillares del monumento funerario de Pozo Moro (Chinchilla, Albacete), el conjunto escultóricos del Cerro de Los Santos (Montealegre, Albacete) y el conjunto escultórico de Porcuna en Obulco (Porcuna, Jaén). Los exvotos y las figuras de terracota, tratados anteriormente, eran también otras significativas representaciones artísticas.

En cuanto a la orfebrería, se fabricaban anillos, pendientes, collares, diademas, brazaletes, pulseras, fíbulas, broches de cinturón, etc. Se realizaban en oro, plata o bronce. Entre las técnicas decorativas destacaban: el repujado, consistente en dar relieve a una lámina de metal mediante el golpeo de la pieza; el grabado que es el dibujo de los motivos mediante incisiones con un instrumento puntiagudo; la filigrana, técnica compleja en la que mediante el calor se aplican hilos metálicos sobre la superficie de la pieza formando figuras; el granulado, que se trata en la formación de diminutos granos esféricos de metal que se aplican sobre una superficie hasta dar forma a los motivos decorativos.

La pintura prácticamente sólo se conserva en las representaciones figurativas plasmadas en las cerámicas. Podían tratarse de elementos decorativos, textos escritos, personas, animales y vegetales. También se conoce de pinturas que cubrían las paredes de algunas tumbas de cámara, como la de Galera (Granada) y actualmente desaparecidas. También era importante la fabricación de vajillas de lujo, para la que se utilizaba principalmente plata y bronce primorosamente trabajados mediante el repujado, el grabado y el nielado. Algunos de los ejemplos más conocidos de estas vajillas han aparecido en los tesoros de Salvacañete (Cuenca), Mengíbar (Jaén) y Tivissa (Tarragona).

Ocaso

En el año 237 a.C. las tropas cartaginesas, al mando de Amílcar Barca, desembarcaron en Gadir. Uno de los motivos principales que lo favorecieron fue por la pérdida de las islas del Mediterráneo occidental que habían dominado (Sicilia, Córcega y Cerdeña) como consecuencia de su derrota en la Primera Guerra Púnica contra los romanos. Aunque también fue destacable en su llegada la intención de hacerse con el control de los abundantes recursos de la zona, entre los que sobresalían las ricas zonas mineras que existían en el sur peninsular. Los cartagineses realizaron una política de control del territorio que les llevó a enfrentamientos con los pueblos del interior del sur de la Península Ibérica, teniendo constancia de una coalición de estos pueblos, dirigidos primero por Istolacio y a su muerte por Indortes, que se enfrentaron a los invasores hasta ser derrotados. En la conquista por parte de los cartaginenses se sucedieron Amílcar, Asdrúbal y por último Aníbal que, con una política más agresiva, consiguió dominar el territorio.

Los romanos, que seguían sus movimientos, en un principio habían quedado satisfechos con la explicación cartaginesa de que con su presencia en la Península Ibérica sólo buscaban recursos para poder pagar la deuda de la guerra contraída con ellos por su derrota en la Primera Guerra Púnica y que ascendía a 3200 talentos, equivalentes a más de 83 toneladas de plata. Pero los romanos acabaron declarando la guerra a los cartagineses tras la toma por parte de éstos y después de un asedio de 8 meses de la ciudad de Sagunto, aliada de Roma. Con este suceso comenzó la Segunda Guerra Púnica. Aníbal emprendió inmediatamente la marcha hacia Roma para abrir allí otro flanco en la guerra, mientras que los ejércitos romanos combatían con los cartagineses en suelo íbero. Finalmente, mientras Aníbal continuaba en la Península Itálica, será Publio Cornelio Escipión quién, en el año 209 a.C. asedie y tome la principal base cartaginesa de la Península Ibérica, Quart Hadasht (Cartagena, Murcia), decantando desde ese momento la guerra del lado romano. La última ciudad en caer fue Gadir en el año 206 a.C., aunque sabrá negociar unas ventajosas condiciones que le permitirán mantener una cierta autonomía

El desarrollo de la guerra entre las superpotencias afectó de una forma decisiva a los pueblos íberos, cuya suerte venía definida en muchos casos por el proceder de sus dirigentes, ya que las alianzas de cada jefe nativo marcarán el futuro de su comunidad, provocando el florecimiento de unos y la ruina y destrucción de otras. A la victoria romana se sucedió un periodo de levantamientos indígenas, aplastados sin miramientos por las nuevas autoridades. Esta política represiva provocó el abandono de numerosos asentamientos íberos y la disolución de las estructuras políticas de gran cantidad de territorios. Después de conquistar Gadir, desde finales del siglo III a.C. y durante aproximadamente los siguientes cincuenta años, la presencia romana en suelo íbero quedó restringida casi en su totalidad a los contingentes militares, mientras que a partir de la segunda mitad del siglo II a.C., comenzó un proceso de reorganización del territorio conquistado que originó la fundación o refundación de ciudades, de las que Valencia será el primer ejemplo en el año 138 a.C. A esto se unió la llegada de bastante población de origen itálico, la creación de una nueva red de vías de comunicación y la expansión de asentamientos rurales, con la aparición de un modelo de explotación basado en las villas romanas, que eran casas de labor aisladas que formaban centros de explotaciones agrarias. Este proceso de desarticulación del mundo íbero continuará a lo largo del siglo I a.C. con la progresiva adopción de los modos de vida, idioma e incluso el aspecto exterior romano, aunque tras esta fachada romanizada perdurarán durante mucho tiempo múltiples aspectos de las antiguas tradiciones, sobre todo en el mundo rural, más alejado de los nuevos centros de poder.

Comentario final

Por último, se puede destacar lo similar que en bastantes aspectos era la forma de vida que tenían los pueblos íberos durante su época de mayor esplendor en aquellos lejanos tiempos, si la comparamos con la que ha habido en muchos lugares de España hasta bien entrado el siglo XIX e incluso inicios del siglo XX, periodo a partir del cual los grandes cambios sociales y tecnológicos han ido modificando poco a poco la forma de vida de la sociedad en general.


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