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La muerte en la Edad Media cristiana


En la Edad Media el hecho de la muerte estaba muy presente en el quehacer diario. La llegada de un nuevo ser humano a la vida conllevaba una serie de riesgos; era frecuente la muerte de la madre en el parto y existía una elevada mortalidad infantil. El desarrollo posterior de las personas que lograban superar la infancia iba a estar muchas veces marcada por el dolor y el temor a la muerte, ocasionados por las precarias condiciones de subsistencia, enfermedades y guerras. La vida era muchas veces breve: más del 30 por ciento de la personas morían antes de cumplir los 20 años de edad y la esperanza de vida media no llegaba a los 40 años de edad. Por supuesto, la posición económica, social y cultural de las personas influía en sus condiciones y esperanza de vida.

Era una sociedad profundamente religiosa, en la que la vida terrenal era considerada como un peregrinaje temporal hacia la verdadera existencia en el más allá. Si bien, el miedo a la muerte no desapareció. Las personas solían fallecer en sus casas, rodeadas de familiares, amigos y vecinos, que dejaban de lado sus rencillas en estas tristes circunstancias. Era la llamada «buena muerte», en contraposición con la «mala muerte» cuando ésta se producía por suicidio, sucesos violentos o circunstancias nada claras. Muchas veces había un legado de las últimas voluntades en las que se indicaba el reparto de dinero y bienes. El cadáver era velado y se producía una tendencia a la dramatización en la expresión de los sentimientos. Existía la figura de las plañideras, ya presentes desde los lejanos tiempos de los íberos, que se encargaban de exteriorizar profusamente estos sentimientos. Se manifestaban grandes lamentos, con tirones de ropa y pelo, con golpes en la cara y cuerpo, etc. Todo esto suponía una gran contradicción con la idea cristiana de la esperanza en la otra vida, algo que conllevó que a partir del siglo XIV sólo fuese legítimo llorar y sentir pena.

Lo habitual es que fueran las mujeres las que se encargasen de preparar el cadáver, que solía ser vestido y enterrado con un hábito, en especial el hábito franciscano, ya que existía la creencia que intercedería favorablemente en el tránsito a la eternidad. Los cementerios estaban próximos o adosados a las iglesias, sobre todo por la idea de que esta cercanía al templo facilitaría la salvación del alma llegado el momento del juicio final. Las personas a las que se consideraban relevantes podían ser inhumadas dentro del recinto religioso. Los suicidas no podían ser enterrados en los cementerios ya que eran percibidos como autores de un acto en contra de la voluntad de Dios. El luto por el fallecido, durante el que se mantenía su memoria, solía durar aproximadamente un año, aunque a veces podía ser más tiempo, habiendo gente que incluso lo guardaba de por vida. A veces se oficiaban misas para el recuerdo del difunto durante este periodo. En sus últimas voluntades podía asignarse dinero para las ropas del luto y las misas. El tratamiento de la muerte era, en muchos aspectos, muy similar al habido hasta épocas muy recientes.


Fragmento de las tablas decoradas del sepulcro del caballero Sancho Sáiz de Carrillo. Año 1295 aprox. Anónimo. Proceden de la ermita de San Andrés de Mahamud, en la provincia de Burgos. Museo Nacional de Arte de Cataluña

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