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Los faros de las costas españolas


Los faros son torres de señalización luminosa situadas junto al mar, en las entradas a los puertos o en lugares por donde transcurren las rutas de navegación de los barcos. España tiene casi 8.000 kilómetros de costa por las cuales se reparten cerca de 200 faros ubicados en puntos geográficos estratégicos. De ellos, alrededor de medio centenar están habitados y el resto son controlados de forma remota. Los faros siempre han estado rodeados de un halo místico, románico y muchas veces de soledad.

La necesidad de reconocer la costa desde el mar fue vital desde los comienzos de la navegación. En esos inicios se procuraría navegar durante el día y sin perder la vista la costa, en lo que se conoce como navegación de cabotaje. Así se podían localizar los accidentes geográficos del paisaje que limitan la tierra y el mar, como ensenadas, golfos, cabos o cualquiera otro. Pero el progreso en las travesías marítimas haría necesario el uso de los faros para señalar los litorales terrestres, los puertos y los escollos existentes. Irían apareciendo según se avanzaba en la exploración de las nuevas rutas comerciales y en las conquistas territoriales, siendo de gran ayuda para todo ello.

Los primeros faros funcionaban con hogueras en lo alto de torres situadas en lugares que convenía señalar y que fuesen fácilmente localizables desde el mar. Estas hogueras había que mantenerlas encendidas durante toda la noche, con el esfuerzo de tener que subir importantes cantidades de leña día tras día. De igual forma siguieron desempeñando su tarea durante muchos siglos. Muchas de estas antiguas construcciones tendrían otros cometidos aparte de la función de guía para la navegación, como fue servir de torres vigilancia ante posibles ataques provenientes del mar, y también como triunfos arquitectónicos consagrados a divinidades, personajes o eventos determinados.

El faro más antiguo del que se tiene referencia es el de Sigea, en la costa oriental del mar Egeo cerca de Troya. Fue construido por los griegos en torno al año 650 a.C. Formando parte de las siete maravillas de la antigüedad están dos conocidos faros, el de Alejandría y el Coloso de Rodas. El faro de Alejandría estaba en la isla de Pharos, situada al oeste de la desembocadura del rio Nilo en la bahía de la ciudad egipcia de Alejandría. El nombre de esta antigua isla, hoy día unida a territorio peninsular, fue el origen etimológico de la palabra faro. Destacaba por su altura y contaba con una gran hoguera en su cima. Se construyó hacia el año 295 a.C. y estuvo muchos siglos en funcionamiento, pero diversos derrumbes y terremotos hicieron que se fuese arruinando poco a poco, hasta que en el siglo XIV tras un gran terremoto quedó destruido por completo. En el siglo XV se construyó una fortaleza sobre sus cimientos, para la que se aprovecharon sus restos. El Coloso de Rodas estaba en la isla griega de Rodas, dentro del mar Egeo. Lo formaba una estatua de bronce en honor al dios del sol Helios, que en su brazo derecho alzaba una copa en donde estaba la hoguera del faro. Fue construido en el año 292 a.C. y tuvo una corta vida ya que en el año 227 a.C. un terremoto lo derrumbó. Los restos derruidos permanecieron en el lugar y causaron admiración durante casi nueve siglos, hasta que en el año 653 todos estos restos fueron recogidos por una expedición árabe y vendidos a un mercader sirio.

Durante la época romana, y con el auge del transporte marítimo, la utilización de los faros fue algo muy habitual, disponiéndose de ellos a lo largo de las costas y en sus principales puertos. Pero la desaparición del Imperio Romano supuso una considerable reducción de las relaciones comerciales a gran escala, que se vieron reducidas a áreas locales. Esto afectó en gran medida al desarrollo de la navegación, que conllevó el abandono y posterior ruina de muchos de los faros existentes hasta entonces. A lo largo de la Edad Media desaparecieron bastantes faros y apenas se construyeron nuevos, siendo edificados estos pocos sobre todo en los puertos comerciales. En esta época no hubo avances técnicos en su funcionamiento y seguían consistiendo básicamente en hogueras en lo alto de torres.

La Edad Moderna conllevó una mayor actividad comercial y por consiguiente aumentó el tráfico marítimo. Los faros volvieron a cobrar el protagonismo que habían perdido. A partir de los siglos XVII y XVIII fueron evolucionando en la forma de obtener el haz de luz: de las antiguas fogatas se empezó a pasar al aceite vegetal, el gas, el petróleo y sus derivados. Por otra parte, comenzaron a aparecer los primeros sistemas giratorios mecánicos, aún muy rudimentarios y lentos, y los reflectores parabólicos en metal pulido, que proporcionaban mayor intensidad a la iluminación. Los faros eran propiedad de corporaciones locales, como consultados del mar, gremios, juntas de comercio, etc. Se financiaban con un impuesto denominado “Derecho de Fanal y Linterna”, variable en cada lugar, que se cobraba a los barcos que entraban en puerto. Aun así, no existían normas comunes de funcionamiento, por lo que los faros actuaban al dictado de sus dueños: algunos sólo se encendían en las noches de invierno, otros sólo mientas hubiese barcos locales en el mar, etc.

El siglo XIX fue una etapa esencial en la historia de los faros. Se produjeron diversas circunstancias que ocasionaron un desarrollo sin precedentes. En primer lugar, existía una mayor demanda de señalización marítima a causa del gran crecimiento de la navegación generada por la globalización del comercio, por la expansión colonial y por las mejoras en la ingeniería naval. En segundo lugar, la revolución tecnológica afectó a todos los elementos del faro: iluminación, alimentación energética y construcción de los edificios. Aparecieron los grandes faros para ser vistos por los barcos a enormes distancias. En este siglo también se comenzaron a implantar en algunos de ellos las señales sonoras, eficaces en días de niebla densa cuando el haz luminoso es menos seguro.

En iluminación, se introdujeron las lámparas de múltiples mechas concéntricas con regulación mecánica, las lentes Fresnel  en las nuevas ópticas de cristal tallado con espejos y superficies reflectoras, y por último, los mecanismos giratorios eficientes. La combinación de lámpara, óptica y giro mejoró espectacularmente el alcance y las características de las luces. En alimentación energética, se  había mejorado por  la introducción de los combustibles derivados de los hidrocarburos; la evolución definitiva fue la utilización desde mediados del siglo XIX de las lámparas eléctricas, cuya eficacia era mucho mayor que los sistemas anteriores. En la construcción de los edificios, la mejora de las técnicas arquitectónicas permitió levantar torres casi en cualquier lugar. Así pues, a partir de entonces se procuraría instalar faros allá donde hiciera falta.

El faro se instituyó como un bien público de señalización de la costa para el apoyo a la navegación general. El gobierno español pasó a ser el único agente capaz  y autorizado en realizar las inversiones para la construcción, mantenimiento y gestión de los muchos faros necesarios. En el año 1842 se constituyó la «Comisión de Faros», organización estatal que se iba a encargar de su administración. Estaba compuesta por ingenieros de caminos y oficiales de la Armada. Decidían cuestiones como dónde construir los faros, la tecnología a utilizar, el reclutamiento y formación del personal, las normativas y regulaciones necesarias y, por último, la financiación del sistema. En definitiva, se creó e implementó, por primera vez, una política de señalización marítima.

En el año 1847 se aprobó el «Plan General para el Alumbrado Marítimo de las Costas y Puertos de España e Islas Adyacentes», que planeaba pasar desde los 19 faros existentes entonces hasta los 111 faros, además de desarrollar un sistema completo, homogéneo y técnicamente moderno que estableciese la base española de la señalización marítima. Aunque los problemas y dificultades de toda índole retrasaron el proyecto, los resultados fueron llegando. En el año 1849 se creó el «Impuesto de Faros» para financiar el mantenimiento y las mejoras del sistema. Ese mismo año se implantó el sistema de formación del personal creando la primera «Escuela Práctica de Faros». En el año 1851 se fundó oficialmente el «Cuerpo de Torreros de Faros» para organizar a los trabajadores de los faros y reglamentar su desempeño profesional. En el año 1856 ya había 40 faros en funcionamiento, 21 en construcción y 52 en fase de estudio. De este periodo proceden la mayoría de los faros existentes actualmente.

Durante el siglo XX se continuaron construyendo nuevos faros y se mejoraron los existentes con los avances tecnológicos que se iban produciendo. Nuevos sistemas de giro rápido, nuevas ópticas, nuevas linternas aeromarítimas, sistemas automáticos, paneles solares, lámparas de haz sellado, sistemas de leds electrónicos, etc. Actualmente, los modernos sistemas de navegación por satélite como el GPS han quitado algo de protagonismo a los faros, aunque todavía siguen siendo de utilidad ya que permiten la verificación del posicionamiento indicado en las cartas de navegación.

En los años setenta del siglo XX se construyeron nuevos faros para completar la señalización o sustituir algunos de los más antiguos. Estos se caracterizan por su aspecto uniforme al ser torres normalizadas. A mediados de los años ochenta se aprobó la última serie de faros, que completó, por el momento, el número existente. Estos se destacan por huir de los proyectos uniformes y haberse ejecutado mediante concursos públicos de ideas, en los que cada uno tiene un diseño individualizado e integrado en su entorno medioambiental.

En cuanto al personal al servicio de cada faro, se ha pasado de la atención permanente y continua, que implicaba necesariamente la presencia de al menos una persona en cada torre, a unas condiciones en las prestaciones del servicio que pueden ser modernos sistemas automatizados de supervisión remota. Hoy día, los faros que están en uso son operados en su mayoría de forma automática y vigilados a distancia. La profesión de torrero hasta hace muy poco, y aún hoy en algunos casos, ha sido, más que un trabajo, una verdadera forma de vida, puesto que la residencia en el faro implicaba que la disponibilidad del personal fuera continua. A veces se ampliaba y adaptaba el lugar para que sirviese como hogar para toda la familia.

El faro más característico de España es la Torre de Hércules, situado en la entrada del puerto de La Coruña. Fue construido por los romanos en la segunda mitad del siglo I d.C. en las proximidades de la ciudad de Brigantium, origen de La Coruña. Es el único faro romano y el más antiguo del mundo en funcionamiento. Parece que el terreno elegido para levantarlo había sido antes un lugar de culto o santuario celta. Era un punto estratégico para facilitar la navegación en las recortadas costas occidentales del Imperio y en la ruta marítima que unía el Mediterráneo con el noroeste de Europa. Además de servir para la señalización, se utilizó como atalaya de vigilancia y fortaleza. Sin embargo, durante la Alta Edad Media, debido a la decadencia de las grandes rutas marítimas, el faro cayó en desuso e inició un amplio proceso de abandono, expolio y ruina. Incluso comenzó a ser utilizado como cantera para otras edificaciones cercanas. Afortunadamente, el Ayuntamiento en el año 1553 prohibió la extracción de los restos del faro y en el año 1684 se planteó su reconstrucción, aunque no se llevó a cabo de forma definitiva hasta el año 1788 cuando era necesario volver a ponerlo en marcha al intensificarse la navegación marítima por el incremento de la actividad comercial. En este año se inició la restauración del edificio sobre la base de la torre romana y se revistieron los muros exteriores con piezas de granito, se añadió una escalera y en la parte superior se instaló una linterna. Las obras finalizaron en el año 1791 y dejaron el faro con el aspecto que podemos contemplar ahora. Desde entonces se han modificado los sistemas de iluminación. Es «Patrimonio de la Humanidad» por la UNESCO desde el año 2009.

El siguiente faro más antiguo de España en funcionamiento es el de Portopí (también llamado Porto Pi), situado en la entrada del puerto de Palma de Mallorca. Ya existía allí una antigua torre de señales en el siglo XIII, aunque su apariencia actual es de una reconstrucción terminada en el año 1617. También ha sido empleada para labores de vigilancia. Es el único faro de España que mantiene un sistema de espejos metálicos en lugar de lentes de cristal. Está considerado como el tercer faro en funcionamiento más antiguo del mundo, tras la Torre de Hércules y la Lanterna de Génova.

En la actualidad existe un plan del Ministerio de Fomento para promover el uso público de los faros, a través de proyectos culturales y hoteleros con iniciativas del sector privado, sin que dejen de realizar su función original de señalización. Se trataría de una nueva oferta turística en puntos privilegiados de nuestro territorio, en aquellos faros que reúnan las condiciones necesarias para poder hacerlo posible.


Torre de Hércules

TorreHercules1

TorreHercules2

Faro de Portopí

FaroPortopi1

FaroPortopi2


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