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Los vikingos en la Península Ibérica


El llamado “Periodo Vikingo”, la denominación de la época histórica en la que se desarrolló la cultura vikinga como tal, se extendió entre finales del siglo VIII y mediados del siglo XI. Exactamente duró 278 años, desde el año 789 hasta el año 1066. Su lugar de origen estuvo en las tierras de Escandinavia. A partir de allí llegaron a la mayor parte de Europa, sudoeste de Asia, norte de África y noreste de América. Sus objetivos eran distintos en los lugares a los que arribaban: saquear, comerciar o colonizar.

Las fuentes para el estudio de los ataques vikingos a la Península Ibérica son casi exclusivamente escritas. No hay restos arqueológicos de procedencia vikinga en tierras peninsulares excepto un único objeto que es la llamada “Cajita de San Isidoro”, un curioso recipiente de forma cilíndrica con gran riqueza ornamental tallado en asta de ciervo, de 44 mm. de altura y 33 mm. de diámetro, datado de finales del siglo X y que se conserva en el Museo de la Colegiata de San Isidoro de León. Se desconoce cómo llegó esta extraordinaria obra maestra del arte vikingo a dicho museo. Pudo haber sido tomada a algún miembro de una expedición vikinga que atacase las costas del norte de la Península Ibérica, quizás se realizó aquí por un vikingo que quedó hecho prisionero, tal vez fue una ofrenda a San Isidoro dejada por algún peregrino o incluso puede que se trajese directamente desde las tierras escandinavas por un religioso de la Colegiata al ser tal vez portadora de unas venerables reliquias de aquellos lugares. En todo caso la Colegiata de San Isidoro fue construida en el año 966, por lo que la cajita llegaría, como receptáculo de las reliquias, en una fecha posterior.

En el año 793 se produjo el primer ataque vikingo en territorio extranjero. Fue contra el Monasterio de Lindisfarne, situado en la isla del mismo nombre de la costa oriental de Inglaterra. Desde entonces las ofensivas vikingas fueron casi continuas. El primer ataque en la Europa Continental se produjo en el año 810 en la provincia de Frisia, situada en los Países Bajos. Como detalle, en el año 845 la ciudad de París tuvo que pagar la cantidad de 7000 libras de plata para verse libre de las tropas vikingas que habían llegado a través del río Sena y que la cercaban; fue el primero de los asedios que sufrió esta ciudad. Pero ya algo antes, en el año 843, la ciudad francesa de Bayona había sido tomada, por lo que habían alcanzado las zonas más meridionales de la costa atlántica francesa y su siguiente destino iba a ser la Península Ibérica.

La primera expedición vikinga en la Península Ibérica llegó a las costas asturianas en el año 844. Fueron divisados por primera vez en Gijón. Luego se dirigieron a las costas gallegas y a continuación siguieron por el litoral Atlántico Peninsular de norte a sur, de manera que, pasando por Lisboa, llegaron a Cádiz, Sanlúcar de Barrameda, hasta llegar a Sevilla remontando el río Guadalquivir. Desde aquí atacaron ciudades del entorno como Coria, Morón de la Frontera, Medina-Sidonia y Niebla. En todos los lugares causaron cuantiosos daños, tanto materiales como en vidas humanas. Pero al final fueron derrotados por el ejército musulmán antes de su inminente llegada a Córdoba. Los vikingos sufrieron grandes pérdidas y no tuvieron más remedio que retirarse, aunque en su camino de vuelta siguieron realizando diversos saqueos. El nombre con el que eran conocidos en Al-Ándalus era «machus».

La siguiente expedición vikinga llegó a las costas gallegas en el año 858. Su destino era Santiago de Compostela. El trayecto que siguieron fue a través de la Ría de Arosa, en la provincia de Pontevedra, saqueando Iria Flavia y sitiando Santiago de Compostela. Sus habitantes tuvieron que pagar un tributo económico a los vikingos a cambio de que la ciudad no fuese saqueada, aunque aun así una vez pagado intentaron entrar en la ciudad. Pero entonces fueron derrotados por el ejército cristiano en un duro combate en el que los vikingos sufrieron numerosas bajas y se vieron obligados a levantar el sitio e irse del lugar. Esta expedición vikinga tuvo como consecuencia el traslado de la sede episcopal del obispado de Iria Flavia, que era la más importante de tierras gallegas y se había demostrado demasiado vulnerable, a Santiago de Compostela, algo que en futuro daría un gran impulso a esta ciudad.

La flota vikinga que había sido vencida continuó sus peripecias hacia el sur peninsular por el litoral Atlántico. Estuvieron en ciudades como Lisboa y Algeciras, en donde continuaron con los saqueos, y trataron nuevamente de llegar a Sevilla. Pero esta vez el ejército musulmán les hizo frente en la desembocadura del río Guadalquivir, consiguiendo que los vikingos tuvieran que desistir de sus intenciones. La expedición continuó en dirección al Mediterráneo con actos de piratería por algunas ciudades de la costa norte africana, como Ashila y Nekor; el levante peninsular, en donde estuvieron en ciudades como Orihuela, a través del río Segura; la ciudad de Pamplona hasta la que llegaron remontando el río Ebro y sus afluentes, aunque ciudades como Zaragoza y Tudela se mostraron inexpugnables durante esta ruta; las islas de Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera; ciudades de la costa francesa como Nimes; y por último ciudades de la costa italiana como Génova.

En los años siguientes se sucedieron los ataques a las costas peninsulares, sobre el todo en la zona norte. Fueron en los años 951, 964, 968, etc., aunque parece que cada vez con menor intensidad y más espaciados en el tiempo. Pero hasta el final del llamado “Periodo Vikingo” en el año 1066 continuaron las incursiones en la Península Ibérica. El temor a su presencia hizo que tanto cristianos como musulmanes construyesen, a lo largo de sus respectivas costas, una serie de enclaves defensivos para prevenir y defenderse de sus ataques procedentes del mar. Así, destacaron por parte de los cristianos los castillos y por parte de los musulmanes las torres fortificadas, las “ribats”.

La imagen tradicional que conservamos de los vikingos es la de una horda de guerreros sanguinarios, bandas de piratas feroces que aparecían a bordo de sus rápidos navíos para atacar monasterios indefensos y ricas ciudades, donde robaban cuanto encontraban de valor y dejaban a su paso una secuela de asesinatos y destrucción. Sin embargo, aun siendo cierta, tal imagen no constituye toda la verdad y responde en gran medida a que durante mucho tiempo las investigaciones sobre vikingos se han centrado en estos aspectos negativos de sus actividades, dejando de lado sus cualidades positivas. Eran a la vez tan refinados o tan brutales como cualquier pueblo de su tiempo. Los vikingos fueron también grandes marineros que abrieron a la navegación nuevas rutas, reactivaron el comercio de la época, colonizaron nuevas tierras y descubrieron nuevos mundos. Hay que tener en cuenta que las expediciones estaban formadas por una minoría de la población. La gran mayoría permaneció en Escandinavia dedicada a actividades comunes como la agricultura, la ganadería, la caza, la pesca, el comercio y oficios artesanales. Sabían apreciar los objetos de lujo, crearon un arte muy peculiar con motivos de gran complejidad, tenían escritura mediante runas, realizaron construcciones que ponían de relieve sus avanzados conocimientos en geometría y matemáticas y, como se ha indicado anteriormente, eran grandes marinos y navegantes.

Los motivos que impulsaron a los vikingos a llevar a cabo sus expediciones fueron muy distintos. Se pudieron conjugar, dependiendo del momento, circunstancias como la pobreza, el aumento de la población, la falta de tierras, la necesidad de dar salida a sus productos, el suministrar a los mercados escandinavos las manufacturas que no podían ser producidas en los países nórdicos por la falta de materia prima, la inestabilidad política, la presión de los reyezuelos locales, el afán de conquistar y poseer tierras, la creación de establecimientos de apoyo a lo largo de las rutas comerciales, el deseo de adquirir riqueza y posición social de un modo rápido, y por último, la curiosidad de descubrir nuevas tierras y navegar por otros mares. El carácter de las expediciones vikingas no tuvo en su conjunto ninguna razón interna que tuviera suficiente fuerza para, por sí sola, haber puesto en marcha el fenómeno de la expansión vikinga.

Los vikingos eran maestros en técnicas militares basadas en ataques por sorpresa, que les permitió enfrentarse con éxito a fuerzas teóricamente más potentes. Para ello, aparte de poseer grandes cualidades guerreras y un espíritu audaz, precisaban de dotes organizativas y una rígida disciplina, cualidades que los vikingos poseían en un grado sumo. En contra de lo que en principio podría parecer, los contingentes vikingos no estaban compuestos por indisciplinadas bandas salvajes que atacaban y destruían todo lo que encontraban a su paso. Por el contrario, poseían una compleja organización, que además contaba probablemente con una amplia red de informadores debido a que solían conocer bastante las defensas de las ciudades que atacaban y los días en los que se celebraban mercados u otros eventos en donde el botín a conquistar sería más cuantioso.

Allí donde llegaban los vikingos, sobre todo Francia, las Islas Británicas o Irlanda, parecían invencibles, pero en la España medieval, tanto la cristiana como la musulmana, chocaron con la oposición absoluta y tenaz de los pueblos peninsulares, que no cejaron en su empeño hasta lograr su derrota y expulsión. Aquí los ataques vikingos no alcanzaron nunca la misma fuerza desestabilizadora que tuvieron en el resto de lugares europeos. Lo intentasen o no, lo cierto es que no pudieron tener bases permanentes en suelo peninsular. Sus asentamientos estratégicos en la Península Ibérica no se convirtieron nunca en bases estables. Debido a las presiones de las fuerzas locales, se vieron una y otra vez obligados a abandonarlos. Los reinos cristianos del norte y los musulmanes de Al-Andalus no eran menos belicosos que los vikingos, y estaban enzarzados a su vez en frecuentes luchas entre sí. Aunque bien es cierto que en contadas ocasiones hubo una leal colaboración entre ellos para luchar contra su adversario común.

Existió un número indeterminado aunque seguramente no muy numeroso de vikingos, la mayoría inicialmente prisioneros, que se quedó en la Península Ibérica. Ya fuese en territorio cristiano o musulmán, terminarían por asentarse, integrarse y aceptando la religión correspondiente para al cabo de unas pocas generaciones quedar diluidos entre la masa de la población peninsular. Como curiosidad, en la provincia de León, casi en el límite con la de Zamora, hay una pequeña aldea llamada “Lordemanos”, cuyo nombre proviene de una de las dos formas con que se denominaba a los vikingos que llegaban a las costas peninsulares, “Nordomani” y “Lordomanni”; éste debió ser un lugar que en el pasado estuvo habitado por normandos y descendientes de ellos. Del paso de los vikingos por la Península Ibérica queda poco más que el recuerdo, pero ellos también forman parte del numeroso grupo de pueblos que constituyen la historia de España. Seguro que muchos españoles de la actualidad tienen una parte de sus genes con orígenes vikingos.

Hay una idea generalizada de que los vikingos utilizaban cascos con cuernos, pero posiblemente no era cierto. En el siglo XVIII eran representados en las pinturas con cascos alados, aunque algunos hallazgos arqueológicos de cascos y cuernos en el año 1875 formaron la leyenda que a partir de entonces popularizó esta imagen. En realidad, habría sido muy arriesgado portar en batalla un casco que podría salir disparado de un golpe y clavarse en cualquiera. Hoy día se cree que enterraban a sus muertos con cascos y cuernos, siendo utilizados éstos para beber en el más allá.


Cajita de San Isidoro. Museo de la Colegiata de San Isidoro de León

CajitaSanIsidoro


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