Íberos

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Periodo: Siglos VII a.C. – I a.C.

Origen.

La referencia más antigua que existe relacionada con los íberos procede de la “Ora Marítima”, obra escrita en el siglo IV a.C. por el poeta latino Rufo Festo Avieno (Volsinii, Etruria, Italia) y basada supuestamente en un itinerario escrito en el siglo VI a.C. por marinos de Massalia (Marsella, Francia). En ella se indica que los íberos era un pueblo situado en la franja mediterránea peninsular más civilizado que el resto de pueblos del interior.

El nombre de Iberia es con el que los griegos denominaban a la Península Ibérica a partir del siglo VI a.C. Se seguía la costumbre propia en la antigüedad de denominar a un territorio por el nombre de un río. En este caso puede tener su origen en el Hiberus (el Tinto o el Odiel, que desembocan juntos en la Ría de Huelva) o en el Iber (el Ebro, que desemboca en Deltebre, Tarragona). Había otra Iberia en el Cáucaso, a orillas del Ponto (el Mar Negro en la actual Georgia), pero no se sabe cuál recibió primero el nombre. El geógrafo e historiador griego Estrabón señaló que el nombre coincidía a causa de la existencia de minas de oro en los dos lugares, aunque sin haber conexión étnica ni cultural entre ellos. Ya durante el siglo I a.C. el término se refería a toda la Península y así coexistió en época romana con el de Hispania.

Las raíces de los cambios que afectaron a las poblaciones indígenas del final de la Edad del Bronce y que concluiría en el surgimiento del mundo íbero hay que buscarlas en las distintas influencias que se recibían en la Península desde diversos ámbitos exteriores. Se produjeron contactos con grupos que ya en la Edad del Bronce recorrían las costas atlánticas europeas. A través de los Pirineos llegaron poblaciones celtas y otras relacionadas con la denominada “cultura de los campos de urnas”. Pero fueron principalmente los grupos de fenicios procedentes del Mediterráneo Oriental los causantes de los cambios que confluyeron en la cultura íbera.

Los comerciantes fenicios llegan al extremo occidental del mundo conocido buscando la riqueza de los metales existentes, sobre todo la plata y el oro del sur o el estaño del noroeste peninsular. Eran visitas esporádicas que cada vez se convertirían en más frecuentes hasta crear asentamientos estables como Gadir (Cádiz), cuya fundación está datada en el año 1100 a.C. por las fuentes clásicas. Aportaron novedosas técnicas de trabajo, materiales, costumbres e incluso sus dioses, lo que transformaría para siempre la vida de las poblaciones locales. Gracias a ellos los indígenas aprendieron la metalurgia del hierro, el torno de alfarero, las ventajas de las casas angulares, la elaboración del vino o la obtención y múltiplos usos del aceite. La presencia fenicia tendría una gran trascendencia y es considerada clave por los investigadores en el desarrollo de los tartessos en el suroeste peninsular y luego, cuando éstos entraron en crisis, de los íberos en un territorio más amplio a partir del sureste peninsular.

En definitiva, se entrecruzó el saber de los nativos con el de los fenicios y los indoeuropeos, al que se añadiría el de los griegos a partir del siglo VI a.C. llegados desde las recién fundadas colonias de Malassia (Marsella, Francia), Emporion (Ampurias, Gerona) y Rhode (Roses, Gerona).

Ciudad y territorio.

Los íberos ocuparon las zonas sur, este y centro peninsular. Se agrupaban en ciudades estado y nunca alcanzarían una unidad política, sin duda porque era algo ajeno a su propia cultura. Sus principales asentamientos, los “oppida” (termino latino para referirse a las ciudades fortificadas, en singular «oppidum»), habitualmente tenían un tamaño y población ya de cierta consideración. Estaban fortificados y disponían de una organización interna de viviendas, calles, espacios comunes y edificios públicos, tanto civiles como religiosos. La mayoría se encontraban situados en lugares elevados, lo que facilitaría su defensa a la vez que aportaba una buena visibilidad del entorno, zona normalmente de influencia y dependiente de ellos. De este territorio de alrededor obtendrían una parte importante de los recursos necesarios para su vida diaria, como alimentos, leña o materiales de construcción. Muy importante era la existencia de algún lugar cercano para el suministro de agua potable, ya fuese un río o una fuente.

Las ciudades variaban bastante de tamaño de unas áreas a otras. Los mayores “oppida” se localizaban en la zona sur peninsular, donde podrían alcanzar las 30 hectáreas de superficie. En cuanto a la población de cada una, se estima que no excedía de los 3.000 habitantes en las más grandes. Algunas de las mayores ciudades fueron Cástulo (Linares, Jaén) y Basti (Baza, Granada). Hubo otros núcleos de población menores, sobre todo en la zona este peninsular, donde destacaban las atalayas situadas en puntos elevados para controlar el territorio circundante. El mejor ejemplo de atalaya que nos ha llegado es El Puntal dels Llops (Olocau, Valencia). También existían asentamientos agrícolas con una superficie de hasta 2 hectáreas que se encontraban junto a zonas de cultivos en llanos o sobre pequeños cerros.

Las calles de las ciudades comúnmente eran de tierra, aunque también las había pavimentadas con piedras, losas y a veces incluían bordillos. Se han encontrado pocos asentamientos con plazas. La forma habitual para cualquier tipo de edificación, no sólo de las viviendas, era la cuadrangular. Sólo eran circulares los silos, hornos cerámicos y algunas torres defensivas. La mayoría de las viviendas estaban hechas de una planta, aunque la presencia de escaleras en buen número de ellas nos indica la existencia de un segundo piso, o al menos de terrazas practicables. Era frecuente que tuvieran patios, en la entrada o en el fondo de la casa, en ocasiones parcialmente cubiertos. También se han localizado semisótanos y despensas subterráneas.

Las viviendas solían tener dos habitaciones. Una era la sala principal que es considerada propiamente el hogar y el lugar en el cual se realizarían la mayoría de las actividades cotidianas. La otra era más pequeña y casi siempre se utilizaba como almacén, en donde, además de vasijas de almacenamiento, suelen aparecer otros objetos como molinos y pesas de telar. El tamaño total de estas viviendas habitualmente no superaban los 50 metros cuadrados. En ocasiones hay viviendas con una sola habitación y de más de dos habitaciones. Se han llegado a identificar algunas grandes viviendas con hasta 20 instancias, que tendrían la función de residencias de los gobernantes de las ciudades, con una ubicación privilegiada dentro de ellas.

Las técnicas constructivas y los materiales empleados eran bastante homogéneos en todos los territorios. Por regla general las estructuras de las edificaciones se asentaban sobre una escasa cimentación. En muchos casos se limitaba a nivelar el suelo y cuando éste era de roca se rebaja hasta conseguir una superficie apta para levantar el inmueble. Los muros se levantaban mediante la colocación de un zócalo de piedras unidas con barro que no solía superar la altura de un metro, sobre el que se continuaba construyendo con adobe, o menos frecuentemente con tapial. No se utilizaba la piedra tallada en forma de sillares regulares ni rocas duras difíciles de trabajar como el mármol.

El adobe se elaboraba con bloques de barro cuya composición era arcilla, paja y agua, los cuales después de amasarse convenientemente se introducían en moldes de madera que podían ser de muy distintos tamaños. Después de presionar bien la mezcla para que tome la forma, se sacaban del molde y se dejaban secar durante unos 25 o 30 días antes de que estuvieran listos para su utilización. La preparación del tapial era bastante parecida, aunque se sustituía la paja por grava para evitar las grietas durante el secado. Cuando estaba lista la masa, en vez de en moldes individuales, se vertía directamente sobre el zócalo del muro, donde se había instalado un encofrado de madera. Tras su apisonado para compactarlo bien, se dejaba secar, luego se retiraba el encofrado y finalmente se instalaba nuevamente este encofrado, ahora sobre el muro ya endurecido, para continuar el proceso hasta alcanzar la altura deseada. Tanto el adobe como el tapial tienen su punto débil en la humedad, razón por la que se colocaban siempre sobre un zócalo de piedras que lo aislaba del suelo. También por este problema con la humedad y para protegerlos de la lluvia, se revestían tanto exterior como interiormente de una capa protectora de barro, el enlucido, que normalmente se encalaba con yeso. A pesar de lo que pueda parecer, los muros de barro, ya sea adobe o tapial, resultan de gran resistencia y si se realiza un adecuado mantenimiento son de gran durabilidad. Se han encontrado algunos muros pintados de colores o con dibujos geométricos.

Las cubiertas de las edificaciones, dependiendo del clima, podían ser planas o ligeramente inclinadas a un agua. La estructura del tejado se componía de una base de troncos sobre los que se extendía un lecho de ramas o cañas que a su vez era cubierto con una gruesa capa de barro para impermeabilizarlo. El conjunto de troncos se unían mediante cuerdas o menos frecuentemente con clavos de hierro. Las tejas no fueron utilizadas hasta su introducción por los romanos, siendo los ejemplares más antiguos del siglo II a.C. Cuando una estancia tenía una anchura superior a unos cuatro metros se solía añadir un poste de madera vertical, que ayudaba a soportar el peso del techo, a menudo apoyado sobre una base de piedra para aislarlo de la superficie del suelo.

El suelo de las edificaciones normalmente era de tierra apisonada, en ocasiones decorado con pinturas o improntas de cuerdas o esteras. También eran frecuentes los pavimentos de cal o de losas de piedra. En los edificios empleados para actividades industriales como talleres textiles o almazaras a veces se han encontrado suelos de adobe. Era muy común la presencia de bancos corridos adosados tanto a los muros interiores como a los exteriores, construidos generalmente con adobe y que tendrían múltiples usos: asientos, soportes de vajilla y ajuar, o incluso camas tras cubrirlos con mantas o esteras.

Las fortificaciones que rodean a la ciudad se levantaban por la necesidad de protección que había en esta sociedad guerrera, pero seguro también por el prestigio que supondría para las élites dominantes el disponer de unas poderosas defensas. Ofrecían un aspecto de gran monumentalidad y son consideradas como las grandes obras públicas de la cultura íbera. Estaban formadas por murallas, torres, puertas y fosos. Dos de los mejores ejemplos de arquitectura defensiva son las de las ciudades de Puig de Sant Andreu (Ullastre, Girona) y Puente Tablas (Jaén). Las murallas más sencillas se componían de un muro simple de unos 50 o 60 centímetros de espesor, pero lo más habitual era la existencia de un doble paramento construido por dos muros paralelos que se rellenaban de tierra y piedras. En ocasiones se reforzaban con muros transversales que unían ambos paramentos para aumentar su solidez. Los muros estaban construidos con un zócalo de piedra y un alzado de adobe o tapial. Se supone que en la parte superior habría un remate de almenas. Para los zócalos de piedra se utilizaba generalmente la mampostería, es decir, piedras sin trabajar, aunque también se empleaban sillares. En el caso de murallas ciclópeas, los sillares eran de gran tamaño y no estaban ensambladas con mortero. Un ejemplo de restos de muralla ciclópea se encuentra en Ibros (Jaén). Las torres se construían de la misma manera que las murallas. Eran generalmente cuadradas, aunque existían algunas redondas o poligonales. Podían ser macizas o huecas. En los asentamientos más pequeños era habitual que no hubiese presencia de torres.

Las puertas de entrada a las ciudades eran el punto más débil de las fortificaciones. Por esto muchas veces se construían en codo o con torres. Su anchura era muy variable, dependiendo de la importancia del asentamiento, aunque habitualmente estaban compuestas por dos hojas. Se construían con planchas de madera que en algunos casos se forraban con láminas de hierro para hacerlas más resistentes y protegerlas del fuego. Está identificada la presencia de fosos en numerosos asentamientos, con la función de dificultar tanto la aproximación a las murallas como la excavación de túneles. No solían circunvalar la totalidad del asentamiento, limitándose a los puntos más expuestos. Sus medidas variaban mucho, se han encontrado hasta de un tamaño de 5 metros de profundidad y 13 metros de anchura. Lo habitual era un foso simple, aunque había hasta grupos de cuatro fosos sucesivos.

Algunas de las ciudades íberas que que se pueden destacar son Puente Tablas (Jaén), Tejada la Vieja (Escacena del Campo, Huelva), Torreparedones (Castro del Río, Córdoba), El Oral (San Fulgencio, Alicante), El Tossal de Manises (Alicante), La Illeta dels Banyets de Campello (Alicante), La Quéjola (San Pedro, Albacete), El Castellet de Bernabé (Liria, Valencia), Alorda Park (Calafell, Tarragona), Tossal de Sant Miquel de Lliria (Valencia), Puig de Sant Andreu (Ullastret, Gerona), Cerro de las Cabezas (Valdepeñas, Ciudad Real), Carmo (Carmona, Sevilla), Urso (Osuna, Sevilla), Obulco (Porcuna, Jaén), Basti (Baza, Granada), Cástulo (Linares, Jaén), Celti (Peñaflor, Sevilla), etc.

Sociedad.

La sociedad íbera era desigual, estaba muy jerarquizada y se articularía sobre tres grupos sociales principales. En la cúspide se encontraban los reyes o aristócratas, según el periodo, luego los clientes y por último los esclavos. Las ciudades eran inicialmente gobernadas por monarquías sacras, es decir, reyes que ocuparían su posición preeminente por designio de los dioses, con los se creían emparentados. Pronto estas monarquías sacras fueron sustituidas por otras heroicas en las que los gobernantes pasarían a descender de un héroe que se creía emparentado a su vez con la divinidad. Pero a lo largo del siglo V a.C. parece que se produjeron importantes cambios sociopolíticos que implicaría la sustitución de estas monarquías de tradición orientalizante y que, tras una serie de convulsiones locales no del todo aclaradas, dejarían su lugar a aristocracias guerreras. Dichos conflictos sociales se estima que tuvieron relación con la destrucción de los monumentos escultóricos de la que se tiene constancia en diversos lugares, sobre todo durante los siglos V a.C. y IV a.C.

Ya fueran inicialmente los reyes o luego los aristócratas, la clase gobernante poseía una autoridad que se transmitía de manera hereditaria y cuyo poder se ejercería de una forma absoluta sobre un territorio más o menos amplio, organizando todas las actividades de la comunidad. Tenían también el mando militar en las guerras dirigidas tanto para mantener la integridad de su territorio frente a sus vecinos como para ampliarlo. Estos gobernantes vivían habitualmente en residencias situadas en los puntos más elevados y centrales de la población. Son élites que se rodeaban de una clientela con la que no era necesario tener lazos de sangre. Los clientes tenían una relación de gran dependencia social hacia ellos, pagando unos tributos y asegurando una obediencia que les garantizaba la protección. Dentro de los clientes había grandes diferencias, ya que estaban incluidos en esta categoría distintos grupos, como los artesanos, comerciantes, agricultores, pastores, etc. Respecto a los esclavos, no se sabe con certeza que su existencia fuese generalizada, sólo hay referencias de ellos en algunos casos. Por ejemplo, cuando los cartagineses al mando de Aníbal invadieron Sagunto en el año 218 a.C., los esclavos fueron vendidos por diversos lugares de la Turdetania a otros íberos.

En las ciudades existía una división del trabajo entre sus habitantes. Algunas personas estaban liberadas de las tareas propiamente productivas, es decir, la ganadería y la agricultura, dedicándose a otras como podían ser la artesanía o el comercio. Esta división del trabajo era posible gracias a un incremento de la producción agropecuaria, impulsada por una mejora de las herramientas y técnicas agrícolas, lo que permitía una liberación de mano de obra que era ahora empleada en otras actividades. Se cree que un 50% de la población podría desempeñar trabajos agropecuarios, un 15% estaría formado por artesanos, comerciantes, guerreros a tiempo más o menos completo y gobernantes, mientras que el restante 35% incluiría a niños y ancianos que, en teoría, no tendrían capacidad para trabajar. Las mujeres parece que se dedicarían a tareas agrícolas, domésticas y cuidado de los niños. De momento no se ha encontrado ninguna mención de mujeres pertenecientes a la clase dominante.

En cuanto a la esperanza de vida, se ha realizado un estudio muy revelador acotado a la información proporcionada por una única necrópolis, teniendo en cuenta que sólo una parte de la población terminaba ahí. Se trata de la necrópolis íbera de Setefilla (Sevilla), donde la edad media de los restos pertenecientes a hombres es de 33 años y de las mujeres es 22 años. Esta diferencia de 11 años se explica por las complicaciones del embarazo y el parto, algo habitual en aquellas sociedades. Los 40 años de edad sólo los supera el 28,57% de los hombres y el 6,67% de las mujeres. También se estima que la mortalidad infantil podría suponer un 50% de la población total.

Lengua y escritura.

Existieron diferentes lenguas y escrituras íberas, similares entre sí y que tomaron como fuente de inspiración los alfabetos fenicio y griego, combinando sus letras y sílabas. A partir de ellos se crearía un alfabeto adaptado a las propias necesidades, con distintas variaciones según las zonas geográficas. Posiblemente su conocimiento era algo reservado a muy pocos. Se conservan alrededor de 2000 inscripciones pertenecientes al periodo entre finales del siglo V a.C. y el cambio de era. Los textos, ya sean mercantiles, jurídicos, financieros, votivos o religiosos, se grababan sobre diversos soportes: monedas, piedras, piezas de cerámica, estelas funerarias, paredes de abrigos y cuevas, y sobre todo, láminas de plomo. Éste fue el soporte por excelencia para esta escritura. Seguramente muchos de estos plomos escritos eran cartas comerciales.

La escritura era compleja, está escasamente documentada y su estudio entraña numerosos problemas. Todavía son mucho más las dudas que las certezas en relación con este alfabeto. Aún no se ha podido descifrar, pero sin embargo ya entendemos bastante bien su fonética y sabemos una gran cantidad de topónimos y antropónimos. El llegar a entender la escritura supondría un gran avance en la comprensión de la cultura íbera. Posiblemente la forma de lograr conocerla pase por descubrir una pieza al estilo de la piedra Rosetta. A partir del siglo I a.C., la presencia de los romanos hizo que la lengua y escritura íbera comenzaran a desaparecer, siendo sustituidas por el alfabeto romano, el latín.

Agricultura.

El inicio de este periodo supuso la transformación desde una agricultura de subsistencia a una agricultura productiva con el fin de la creación de excedentes para su comercialización, proceso que contó con la ayuda de unos avances tecnológicos que consiguieron aumentar el rendimiento que se obtenía de la tierra. Apareció una gran variedad de herramientas de hierro, como arados, azadas, azuelas, hoces, etc. Las herramientas de madera continuaron utilizándose, pero de manera más reducida. Otros importantes progresos agrícolas fueron el uso extensivo tanto del abonado como del regadío y la alternancia de cultivos con el fin de evitar el agotamiento de los suelos.

En esta época la tierra adquirió un valor material del que anteriormente carecía, lo que la convertiría en un elemento de riqueza que propició que hubiese una tendencia a que se concentrase bajo control de las clases dominantes, que la transmitían en herencia a sus descendientes. Aunque la gran mayoría de los cultivos de época íbera eran de secano, también existía el regadío en forma del tradicional huerto. Los principales cultivos eran de cereales (cebada, trigo, mijo, etc.), leguminosas (lentejas, guisantes, garbanzos, habas, etc.) y frutales (manzano, granado, higuera, almendro, etc.).

El cultivo de la vid y el olivo era ya muy importante. Comenzó a extenderse desde la mitad sur peninsular a partir de la colonización fenicia, y además, supuso la explotación de sus productos derivados, el vino y aceite. Ambos cultivos se generalizaron por toda el área íbera y tuvo asociado el desarrollo de los talleres alfareros que fabricaban las ánforas para su transporte.

El vino inicialmente era un artículo de lujo. Sólo tenían acceso a él las clases dominantes, que lo empleaban en ceremonias o celebraciones que subrayaban su preeminencia social. En el siglo IV a.C. el cultivo de la vid ya estaba muy extendido por todos los territorios y el aumento de producción conllevó el que dejase de ser un producto exclusivo de las élites. También se importaron vinos griegos e itálicos, los cuales seguirían considerándose artículos de lujo. En Requena (Valencia) se han encontrado lagares excavados al aire libre sobre grandes rocas. Estaban formados por una pequeña balsa para el pisado de la uva y otra más pequeña a la que caería el mosto a través de unos orificios. Desde este segundo hueco se trasvasaba a las ánforas, donde se producía la fermentación, con el recipiente abierto, durante 30 o 40 días. Luego se procedía al tapado y almacenaje en lugares adecuados hasta su consumo o trasporte. Según los historiadores griegos, los íberos consumían el vino al modo bárbaro, es decir, puro, sin mezclar con agua, al contrario que los griegos que llegaban rebajarlo hasta un 75 %.

El aceite de oliva se obtendría tanto del olivo cultivado como del acebuche, la especie autóctona silvestre. Era un producto de gran importancia por sus diversas utilidades: alimentación; conservación de alimentos; elaboración de ungüentos, perfumes y jabones; fabricación y tinte de tejidos; y como combustible para la iluminación. Hasta ahora no se ha localizado ningún molino aceitero, con lo que se considera que el jugo se extraería de las aceitunas mediante el pisado, procediendo posteriormente al prensado de la pasta resultante. De estas prensas aceiteras si que nos ha llegado gran cantidad de restos, fabricados en piedra, de forma circular u ovalada y con unos canalillos excavados que conducían el aceite hacia algún recipiente colocado en un lateral. Se han encontrado almazaras en lugares como el asentamiento de Els Estinclells (Urgell, Gerona) o Requena (Valencia).

La cerveza fue otro producto elaborado por los íberos. Esta bebida, obtenida de la cebada, sería más popular que el vino. En poblados como El Amarejo (Bonete, Albacete) han aparecido grandes vasos con agujeros identificados con la función de filtros para su preparación.

La harina se obtenía a partir tanto del trigo como de la cebada, mediante la utilización de molinos circulares o barquiformes, siendo estos últimos los más antiguos y abundantes. Con la harina se hacían alimentos como las gachas y el pan. En los poblados se han localizado muy pocos hornos para la cocción del pan u otros alimentos. Los identificados suelen ser de gran tamaño, con lo que se les atribuye un uso comunitario.

Ganadería.

Los íberos ya contaban con numerosos animales domesticados: sobre todo cabras, ovejas, vacas, cerdos, burros, mulos, bueyes, caballos, gallinas y perros. Las cabras y las ovejas predominaron inicialmente en la zona del Levante, para luego extenderse al resto de territorios de influencia íbera. De ellas se obtenía carne, leche, queso y lana. Las vacas eran más comunes en la zona sur. Se utilizaron como fuerza de trabajo y también proporcionaban carne, leche, queso y cuero. Se han encontrado algunas piezas cerámicas con agujeros que servían como recipientes para la separación del requesón y del suero durante el proceso de fabricación del queso elaborado a partir de la leche de la cabra, la oveja y la vaca. El cerdo se convirtió en un animal cada vez más importe según transcurre el tiempo, debido a su resistencia y al aprovechamiento prácticamente completo que se hacía de él. Los burros, los mulos y los bueyes se utilizaban, junto con el ganado vacuno, como fuerza de trabajo; aunque con toda seguridad además proporcionaban carne y cuero. Los caballos se emplearon sobre todo para el transporte, la caza y en la última época también como fuerza militar. En cuanto a las aves de corral, se criaban gallinas de las que se aprovechaba la carne y los huevos. Por ultimo, se utilizó el perro para la caza y como animal de compañía.

Caza y pesca.

La caza había sido una práctica común desde siempre y no se abandonó a pesar del uso extensivo de la ganadería, siendo una importante actividad en algunos lugares. Las piezas capturadas eran principalmente las pequeñas: conejos, liebres, perdices, palomas, etc. Aunque también se apresaban y abatían animales grandes como los jabalíes y los ciervos. Era una practica que se realizaba a pie o a caballo. A veces los cazadores se hacían acompañar de perros o aves rapaces para ayudarles en la tarea.

La pesca se practicaba tanto en mares como en ríos. Se empleaban anzuelos generalmente fabricados en bronce y de forma muy similar a los utilizados en la actualidad. Utilizaban redes y plomos para el lastre. En las zonas costeras la pesca se convirtió en una actividad económica de gran importancia. Los fenicios introdujeron la producción de las salazones y técnicas de extracción como las almadrabas, con sistemas de redes fijas de gran complejidad para la captura de especies migratorias como los atunes.

Los moluscos también eran consumidos. Eran recogidos en los lugares próximos a los asentamientos de los litorales marinos. Además de servir de alimento, las conchas se utilizaban como elemento ornamental y quizás ritual, ya que algunas han aparecido en posibles lugares de culto.

Recolección.

En este periodo no se abandonó la recolección de especies silvestres como los frutos secos y las castañas, tan común en épocas anteriores. Además, hay otros alimentos que se recogían de la naturaleza, como la miel. Podría recolectarse de paneles de abejas silvestres u obtenerse mediante la apicultura. Se han localizado, sobre todo en la zona este, grandes colmenas tubulares fabricadas en cerámica, de unos 80 centímetros de longitud por 30 centímetros de diámetro, abiertas por ambos extremos y ralladas interiormente que posiblemente se taparían con piedras, corcho o madera.

Conservación y almacenaje de los alimentos.

La conservación de los alimentos ha sido uno de los grandes desafíos a los que se ha tenido que enfrentar el ser humano a lo largo de la historia. Los íberos utilizaron diversos métodos para ello. Los silos se convirtieron en el lugar más utilizado para la conservación de los cereales. Pero había otros muchos alimentos que necesitaban métodos de conservación diferentes, siendo los principales las salmueras, las salazones, la inmersión en aceite o miel y el ahumado. De todos ellos los más empleados fueron las salmueras y las salazones, que se utilizaban tanto para el pescado como la carne. Hay constancia de la producción de salmueras y salazones en el sur peninsular desde la época de los fenicios. En los asentamientos íberos se utilizaron estos dos métodos de conservación desde el siglo V a.C., aunque sobre todo para consumo de las élites. Esto además llevaría aparejado el desarrollo de diversas actividades para la obtención de sal, tanto en salidas costeras, como en minas de sal gema o manantiales y lagunas saladas.

El almacenamiento de cantidades no muy elevadas de alimentos se hacía en recipientes cerámicos, principalmente ánforas para líquidos y tinajas para sólidos, que tenían la ventaja de ser móviles y duraderos. Aunque es muy posible que para el transporte se utilizaran otros recipientes más ligeros y menos frágiles, como pudieran ser los odres de piel para los líquidos y los sacos para los sólidos. Para almacenar cantidades grandes se emplearon silos excavados en el suelo. Uno de los más importantes de los conocidos hasta ahora es el de Mas Castellar (Pontós, Gerona), en donde se estima que habría entre 2500 y 3500 silos, posiblemente no estando todos en uso al mismo tiempo. También se han encontrado edificios considerados como lugares específicos de almacenamiento, los almacenes de aquella época, como en La Illeta del Banyets (Campello, Alicante) y en La Moleta del Remei (Alcanar, Tarragona).

La existencia de cisternas de agua era algo común, de las que había un número variable tanto en el interior como en el exterior de las ciudades. Un caso excepcional y ciertamente espectacular es el de Castellar de Meca (Ayora, Valencia), donde se han localizado más de un centenar de estos aljibes excavados en la roca caliza del asentamiento. En ocasiones había canalillos labrados en la roca que, desde las calles, recogían y conducían el agua de lluvia hasta los depósitos. Algunas de estas cisternas podrían haber tenido otros usos distintos, como el almacenaje de grano o el uso de despensa. También existían recipientes cerámicos especialmente diseñados para el trasporte de líquidos, como son los toneletes, preparados para su transporte en animales o carros, y las cantimploras, para ser transportadas por una persona. El agua en las viviendas se cree que se almacenaría en ánforas.

En el interior de las viviendas había despensas, algunas de gran tamaño como la casa número 2 de Los Villares de Caudete (Valencia), donde han aparecido 92 ánforas que posiblemente hayan contenido vino. Además, se utilizaban diversos recipientes y utensilios para la alimentación. Son la mayoría que se emplean hoy día: platos, cuencos, fuentes, vasos, tazas, jarras, botellas, ollas, cazuelas, cuchillos de hierro de hoja curva, morteros, embudos, coladores, cazos perforados, braserillos, parrillas, asadores, morillos (utilizados para mantener los troncos en el hogar y para sostener parrillas y asadores), etc. Nos han llegado hasta nuestros días los que están realizados con materiales no perecederos, principalmente cerámica y metal. Pero seguramente una parte muy importante de ellos estarían fabricados con otros materiales como madera, cuero y tela.

Comercio.

A lo largo del periodo íbero se fue produciendo una evolución en la forma en la que se realizaban los intercambios comerciales, tanto de mercancías como de servicios. El comercio inicialmente estaba monopolizado en gran parte por las élites, lo que reafirmaría su estatus debido al prestigio añadido que proporcionaba el control de los medios de producción, el intercambio comercial y la distribución, junto a la importancia del acaparamiento de las mercancías obtenidas en estos intercambios.

Al principio los intercambios comerciales se llevaban a cabo con las colonias fenicias y griegas. Principalmente recibían objetos exóticos de lujo a cambio de metales, de los que el sur de la Península Ibérica era especialmente rico. Cuando más tarde el comercio abandonó el ámbito casi exclusivo de la aristocracia y se fue extendiendo tanto a nivel social como geográfico, se produjo un aumento de las transacciones y del número de asentamientos que vivían principalmente del comercio, sobre todo en las zonas costeras. También se diversificaron las mercancías con las que se comercializaba. Aun así, buena parte del control de las transacciones y de las rutas comerciales seguía en manos de las clases dominantes. La forma de pago varió según el momento histórico, las zonas y los casos concretos. Se utilizaba el trueque, el sistema monetario y el metal al peso, sobre todo la plata.

Después de la llegada de los romanos y con la desaparición de muchos de los asentamientos íberos, buena parte de este comercio se reduciría a ámbitos locales y regionales. Las principales rutas comerciales pasaron a formar parte del control romano.

Ritos religiosos y funerarios.

Se desconoce bastante sobre los rituales religiosos y las divinidades que adoraban los íberos. Se cree que en la etapa más antigua se dirigían las súplicas a las fuerzas de la naturaleza y a determinados animales como el lobo y el ciervo. Además de tener creencias ancestrales propias recibieron la influencia de la religión fenicia. Dentro del arte íbero han llegado hasta nosotros algunas posibles representaciones de divinidades. Se desconoce si había sacerdotes, aunque es muy probable la existencia de individuos que formarían un grupo social privilegiado encargado de los ritos y ceremonias religiosas así como de actuar de intermediarios entre hombres y dioses. Los máximos dirigentes de las ciudades también tendrían una importante función religiosa.

En las ciudades no se han encontrado edificios monumentales dedicados a las divinidades, aunque sí existían capillas dentro de algunas viviendas y pequeños santuarios públicos. Sin embargo, fuera de las ciudades había algunos grandes santuarios vinculados a un ámbito territorial mayor, como el Cerro de los Santos (Montealegre, Albacete), el Collado de los Jardines (Santa Elena, Jaén), la Cueva de la Lobera (Castellar de Santisteban, Jaén), el Santuario de la Encarnación (Caravaca, Murcia) y el Santuario de Nuestra Señora de la Luz (Murcia). Estos lugares eran espacios naturales lejanos de ciudades y cercanos a importantes vías de comunicación, habitualmente en cuevas o abrigos, hacia donde se dirigían las peregrinaciones y en donde se realizaban las ofrendas. Algunos de estos santuarios continuaron utilizándose durante dominio romano y adoptarían la forma de templos clásicos. Esto ocurrió en el Cerro de los Santos y en la Encarnación.

Los exvotos fueron uno de los elementos más característicos de la práctica religiosa. Se utilizaron como ofrendas para el culto a divinidades de la naturaleza y a la fecundidad. Estas figuras se depositaban en los santuarios para obtener el favor de los dioses o agradecer los ya recibidos. Son representaciones de personas, animales o partes del cuerpo. Predominaron los fundidos en bronce, muchos hechos con la técnica de la cera perdida. Se han encontrado por millares en los santuarios del Collado de los Jardines y de la Cueva de la Lobera en Jaén. Son de pequeño tamaño, la mayoría entre 7 y 11 centímetros de altura, con una tipología y calidad muy diversa en su confección, desde simples varillas o láminas a las que se les marcan las extremidades y algunos detalles mediante cincelado, doblado o limado hasta obras de gran detallismo y muy cuidada factura. También los hay de terracota como los de la Serreta de Alcoy en Alicante, o tallados en piedra como los del Cerro de los Santos en Albacete. Menos comunes son los fabricados en hierro. Algunas figuras de terracota, sobre todo femeninas, representarían posibles divinidades; la mayoría han aparecido en ajuares funerarios de la zona de las actuales provincias de Alicante y Murcia. Otras figuras de terracota muy difundidas son los pebeteros con forma de cabeza femenina fabricados con molde y que se suelen relacionar con divinidades femeninas protectoras de la agricultura como la fenicio-púnica Tanit.

En las prácticas religiosas parece que predominaron las ofrendas con sacrificios y rituales de animales además de las realizadas con productos del campo, sobre todo frutos y cereales. Se llevaron a cabo libaciones, es decir, el vertido de líquidos en el sitio de los rituales. Respecto a las ofrendas de animales, se han encontrado numerosos restos en el interior de las poblaciones, tanto en el ámbito privado como en el público. Han aparecido en el basamento de torres defensivas, bajo las calles o en el interior de las viviendas. A su vez, también hay enterramientos infantiles bajo el suelo de muchas viviendas y, de forma más escasa, de adultos que se interpretan como actos rituales. En las necrópolis se celebraban prácticas religiosas, que estarían dirigidas a interceder ante los dioses a favor de los fallecidos y asegurar su renacimiento en el más allá. Los rituales consistirían en sacrificios, ofrendas de alimentos y libaciones. Había un trato desigual también en el final de la vida de las personas, ya que los ritos funerarios no sólo servían para honrar al difunto, sino que además eran una forma de reafirmar su estatus social. Es de destacar que una parte muy importante de la población era excluida tanto de los ritos funerarios como del enterramiento en las necrópolis.

En los ritos funerarios utilizados era habitual la practica de la incineración. Se realizaba mediante una pira funeraria en donde una vez consumida, los restos del difunto se introducían en la urna funeraria junto a su ajuar, posiblemente tras el lavado de los huesos. Esta urna era un recipiente generalmente cerámico. Se realizaba un banquete funerario en la que se destinaba una parte para el difunto, que se arrojaría al fuego o se depositaría en la tumba. Al final de la ceremonia se hacían las libaciones. A veces, después de la combustión de la pira, se dejaban los restos en el mismo lugar de la cremación. Las inhumaciones eran muy excepcionales: se han encontrado enterramientos infantiles y algunos otros casos aislados que podrían pertenecer a extranjeros. Los niños de muy corta edad, generalmente neonatos, eran inhumados en el interior de los asentamientos, bajo las casas. Se trataba de una práctica de carácter religioso, sociológico, afectivo o emocional, aunque también podría tener connotaciones sacrificiales o votivas. En las necrópolis han aparecido algunos enterramientos infantiles, de niños de pocos años, pero incinerados en todos los casos.

Las necrópolis se encontraban siempre fuera de los asentamientos, en sus inmediaciones, muchas veces junto a los caminos de acceso a los mismos. Las grandes ciudades podían tener varias. Eran lugares en donde se ponían de manifiesto las diferencias sociales. Los ritos funerarios eran mucho más sencillos según las personas tuviesen un estatus menor, con menos posibilidades. En las necrópolis solo estaban las tumbas del segmento de personas más significativo de la ciudad. Se cree que buena parte de la población, la de menor rango social, no era enterrada y era simplemente expuesta o abandonada, o se la enterraba según prácticas de las que no ha quedado vestigio alguno. Por tanto, las evidencias funerarias son principalmente del sector dominante de la población.

Los ajuares depositados en la tumbas estaban formados sobre todo por piezas cerámicas. Eran producciones propias íberas, aunque con frecuencia también había cerámicas importadas, destacando las griegas. Otros objetos de los ajuares fueron fusayolas, broches de cinturón, fíbulas, brazaletes, pendientes, etc. Escaseaban los de oro y plata. Las armas eran frecuentes en los ajuares, sobre todo a partir del siglo IV a.C. Se inutilizaban antes de ser introducidas en las tumbas. Desde este siglo aparecieron en los ajuares otros objetos, asociados a oficios artesanos como la metalurgia y a las labores agrícolas o ganaderas, algo posiblemente indicativo de cambios sociales que implicarían un aumento en las personas que podrían recibir sepultura.

Las tumbas tenían muy diversa tipología. Algunas formas de enterramientos son muy sencillas y generalizadas, consistente en un simple hoyo o depósito para recoger los restos de la cremación, con un modesto ajuar o incluso sin él, y con una simple indicación en el exterior en caso que lo tenga, que puede ser una losa o un montículo de piedras. A diferencia de estos enterramientos, las clases privilegiadas contaban con tumbas de cámara, subterráneas o construidas sobre el nivel del suelo, que podían estar cubiertas con un túmulo de planta circular o cuadrada formando una pequeña colina artificial. Además se caracterizaban por la riqueza de los ajuares y frecuentemente disponían de monumentos de gran porte arquitectónico y riqueza decorativa. Algunos ejemplos son la cámara sepulcral del Toya (Peal de Becerro, Jaén) y el sepulcro de Pozo Moro (Chinchilla, Albacete). En cuanto a la disposición entre las tumbas, en varias necrópolis existen algunas principales alrededor de las cuales se agrupan otras más básicas, cuya categoría desciende conforme se van alejando de las más destacadas.

Guerra.

Los guerreros parece que no constituían grupos numerosos de forma permanente, sino que serían reclutados en su mayor parte entre los clientes según las necesidades militares de cada momento. Los cargos de responsabilidad estarían desempeñados por aristócratas de rango intermedio. Se cree que la forma de lucha típica de los íberos era la denominada guerra de guerrillas, formada por pequeños grupos de guerreros dotados de armamento ligero que hostigaban al enemigo mediante ataques por sorpresa, tras lo que desaparecían inmediatamente gracias a su perfecto conocimiento del terreno. Con el tiempo fueron evolucionando hacia tácticas de guerra más complejas. Estaban organizados dentro de unidades de unos cientos de combatientes que contaban con la ayuda de otros dedicados a aspectos como el reclutamiento de ejércitos, traslado, alimentación de hombres y animales, estacionamiento de tropas, etc. Había enfrentamientos habituales entre los distintos pueblos íberos, y entre estos y sus vecinos celtíberos o de otras etnias. Aunque solían ser de poca duración y se limitarían sobre todo a los meses de primavera y verano. Muchas veces ésta era una forma más compleja de obtención de recursos, principalmente para los habitantes de los territorios más pobres.

Los soldados se protegían con escudos, cascos, corazas y espinilleras. El armamento del que disponían son espadas, puñales, lanzas, jabalinas, hondas y arcos. Parece que no hubo cuerpo de caballería hasta el inicio de la Segunda Guerra Púnica, a partir de cuando ya fueron frecuentes. Entre los materiales relacionados con el uso del caballo se encontraban los bocados y las espuelas. Sin embargo no se han localizado herraduras. La falcata es la espada más conocida de los íberos. Parece que su origen estuvo en la machaira griega, de origen en la región de Iliria y que llegó a la Península Ibérica en el siglo V a.C. adaptándose a las necesidades y gustos locales. Se acortó su longitud, se transformó la hoja de un filo en otra de doble filo y se le dotó de unas acanaladuras a lo largo de la hoja que aligeraba el arma a la vez que mejoraba su rigidez. Su largo era de entre 55 a 70 centímetros, con una hoja curvada de doble filo en su último tercio, que permitía que se la utilizara clavando su punta o cortando con sus filos. La hoja de la falcata se solía fabricar a base de varias láminas, generalmente tres de acero y hierro, soldadas mediante golpes de martillo sobre el yunque, lo que la dotaba de una gran dureza, resistencia y flexibilidad. Muchos de los ejemplares encontrados en los ajuares de las tumbas presentan decoraciones a base de nielado (una especie de damasquinado) con hilo de plata. De las tres láminas habituales de la hoja, la central se prolongaba para formar el cuerpo de la empuñadura, que se completaba con un mango de madera o metal sujeta por remaches. A su vez, la empuñadura comúnmente estaba cerrada y rematada con figuras de cabezas de caballo o ave. La funda se confeccionaba en cuero, en algunas ocasiones con rebordes metálicos. Se llevaba normalmente casi de forma horizontal junto al abdomen en vez de ir colgada a un costado. Cuando el soldado moría, las armas eran colocadas en la sepultura junto a las cenizas del difunto.

La presencia de mercenarios procedentes de la Península Ibérica en las diversas guerras que se desarrollan a lo largo y ancho de Mediterráneo está bien documentada a partir del siglo VI a.C. Eran muy apreciados como guerreros y se les reclutarían por las potencias que luchan en aquel periodo por el control del Mediterráneo: griegos, cartaginenses y romanos.

Moneda.

Los íberos tardarían tiempo hasta acuñar moneda en cecas propias, los talleres de acuñación de moneda, aunque antes ya conocían y utilizaban las ajenas. La moneda como tal apareció en Lidia, ciudad griega de Asia Menor, en el siglo VII a.C. Se extendió rápidamente por todo el Mediterráneo, llegando pronto a la Península Ibérica, lugar donde se las tomó como otro objeto exótico más, con un valor intrínseco por el peso del metal que contenían. También existían monedas partidas por la mitad o en cuartos, con el fin de obtener moneda fraccionaria.

Los principales focos difusores de la moneda por el territorio peninsular fueron las colonias griegas del noreste: Emporion (Ampurias, Gerona) y Rhode (Roses, Gerona). Desde ellas, y a lo largo del siglo V a.C. las primeras monedas que se extendieron fueron acuñaciones derivadas de las denominadas “tipo auriol” que, aunque originales de Massalia (Marsella, Francia), también podrían haber sido fabricadas en Emporion, al menos en parte, dada su abundancia en la zona.

A partir de finales del siglo V a.C. y sobre todo a lo largo del siglo IV a.C., con la participación de gran número de mercenarios íberos en diversas guerras por todo el Mediterráneo, estos descubrieron realmente los beneficios y ventajas del uso de la moneda. Las emisiones aumentaron y se diversificarían. Estaríamos ante un paso intermedio entre el uso de metales preciosos al peso y la moneda como tal, en la que convivían los pagos mediante pequeños fragmentos de plata y las monedas propiamente dichas.

En el siglo IV a.C. sólo hay constancia de acuñación de moneda por parte de una ciudad íbera, Arse (Sagunto, Valencia). Poco antes del inicio de la Segunda Guerra Púnica hubo un cierto desarrollo de las emisiones de monedas íberas, aunque todavía de manera algo escasa. Se distinguían dos zonas de actuación. Por un lado, el entorno de las colonias griegas del noreste, donde directamente se falsificaban las monedas de Emporion y Rhodes, dando lugar a las denominadas dracmas de imitación, que llegaron incluso a utilizar leyendas griegas inventadas. Por otra parte, destacó un número reducido de ciudades íberas no vinculadas directamente con las colonias griegas como podían ser Arse (Sagunto, Valencia), Saiti (Játiva, Valencia) o Cástulo (Linares, Jaén). Las más cercanas culturalmente al mundo griego, Arse y Saiti, emitieron monedas utilizando plata, mientras que Cástulo, bajo control cartaginés, lo hizo en bronce.

El gran revulsivo para el uso de la moneda en la Península Ibérica fue la Segunda Guerra Púnica, ya que se puso en circulación una inmensa cantidad de dinero. Esto se debió a que había una gran exigencia económica por parte de los contendientes en sus respectivos ámbitos de actuación, además de su uso en el pago de mercenarios y el reparto de botines. Las tropas romanas se abastecerían de emisiones principalmente de Emporion, aunque también recibieron moneda de Roma. Sobre las tropas cartaginesas no hay seguridad de la ceca emisora de su moneda, pero bien pudo ser Quart Hadasht (Cartagena, Murcia). Además, existían cecas móviles militares en ambos bandos que producirían moneda según las necesidades de cada momento. Muchas de las monedas acababan en manos de la población íbera. Aunque una vez finalizada la guerra, los romanos se hacen con la mayoría de ellas debido a la política fiscal recaudatoria que llevaban a cabo contra los indígenas íberos. De hecho, hoy día son muy raros los hallazgos de piezas datadas de finales del siglo III a.C.

Las acuñaciones de monedas íberas tuvieron su mayor esplendor a partir de la época de dominio romano, sobre todo desde finales del siglo II a.C. hasta la derrota de Sertorio en el año 72 a.C. Pero durante este tiempo, en las inscripciones que aparecen en las monedas, se fue abandonando progresivamente la tipología y escritura íbera para ir pasando a leyendas bilingües y finalmente a la tipología y escritura romana en latín. El declive llegaría por el emperador Claudio con la prohibición de las emisiones locales y solo permitir las acuñaciones de Roma, a partir de la decisión tomada por el emperador Calígula en torno a los años 39 y 40 d.C.

Transporte.

Un elemento imprescindible para el comercio era la utilización de algún medio de comunicación para transportar las mercancías de un punto a otro. El más empleado para el transporte a larga distancia fue el barco, aunque con el inconveniente de no poder utilizarse durante todo el año. Las embarcaciones no tenían la suficiente resistencia ni los navegantes las técnicas adecuadas para navegar cuando el estado de la mar empeoraba, limitándose principalmente a los meses de primavera y verano. Se sabe que tanto los fenicios como los cartagineses utilizaban la posición del sol y la estrella polar para orientarse en el mar, además de llevar aves que soltaban para saber la posición de la costa cuando no la tenían a la vista. Aparte de la navegación a larga distancia, era muy importante la navegación de cabotaje, sin perder la referencia de la costa, que conectaría todas las costas peninsulares, principalmente desde el golfo de Rosas hasta Huelva. Se vería favorecido por las corrientes marinas, que en esta zona del mar Mediterráneo recorren las costas en sentido contrario a las agujas del reloj.

Si tenemos en cuenta que las embarcaciones antiguas navegarían a una velocidad que rondaría los 5 a 8 kilómetros por hora, para recorrer las alrededor de 900 millas de la costa occidental peninsular, y siempre contando con unas relativamente buenas condiciones de navegación, se precisarían unas 225 horas de navegación efectiva. A este tiempo habría que sumar las paradas imprevistas, escalas y fondeos para pernoctar, ya que parece ser que en aquella época, al menos para el cabotaje, no se navegaba durante las horas nocturnas, lo que en la práctica significaría que este periplo no duraría menos de cuatro semanas.

La preferencia del transporte naval al terrestre era principalmente una cuestión económica. Cualquier cargamento necesitaba por medios marítimos menos recursos tanto materiales como humanas que haciendo el trayecto por tierra, en donde podría requerir cientos de carros con sus animales y arrieros. Por los mismos motivos económicos y también por la falta de vías terrestres, estaría también muy extendido el trasporte fluvial por los ríos. En aquellos momentos, a diferencia de lo que ocurre en nuestros días, los ríos tenían un mayor caudal y serían relativamente abundantes los que podrían ser navegados en mayor o menor longitud, algo que queda evidenciado en la gran cantidad de asentamientos en sus riberas que vivían del comercio y el transporte a través de ellos. Por ejemplo, Cástulo (Linares, Jaén) disponía de un puerto en el río Guadalimar.

En lo que respecta al transporte terrestre, hay constancia de dos importantes vías de comunicación que recorrían la Península Ibérica del norte al sur. Por un lado está la conocida como Vía Heráclea, más tarde rebautizada como Vía Augusta, y que vertebraba buena parte de la costa mediterránea desde los Pirineos hasta llegar a Saiti (Játiva, Valencia), en donde giraba hacia la actual provincia de Albacete y, desde allí, en dirección a las ricas zonas mineras de Sierra Morena para continuar hasta Gadir. Por otro lado está la denominada Ruta de la Plata, que ya en el siglo VII a.C. comunicaba los territorios tartésicos con el norte de la Meseta a través de un corredor natural que transcurría por todo el oeste peninsular y que fue fundamental para el comercio del oro y el estaño. El nombre de Ruta de la Plata no tiene nada que ver con el transporte de este metal; es la denominación actual derivada una palabra musulmana que significa “camino empedrado”.

Para el transporte terrestre se utilizarían mayoritariamente las recuas de mulas, dada la difícil ortografía y la escasez de caminos aptos para los carros. Un animal al completo de carga podía recorrer hasta 50 kilómetros al día. Cuando se disponía de mejores caminos, el trasporte se realizaría con carros tirados tanto por équidos como por bueyes.

Cerámica.

La cerámica es el objeto más abundante que nos ha llegado de la cultura íbera. Además, a su durabilidad se une unas características físicas, formales y decorativas que aportan una información muy importante para situar tanto temporal como culturalmente los yacimientos y muy especialmente para datar los estratos en los que aparece. En la Península Ibérica, gracias a los fenicios, el paso desde la cerámica modelada a mano al uso del torno rápido se produciría a finales del siglo VIII a.C. Ambos tipos de técnicas fueron utilizadas por los íberos durante toda su existencia, limitándose la cerámica a mano casi de forma exclusiva para la creación de vajilla de cocina. Los fenicios también introducen el horno de doble cámara, que supuso una considerable mejora en la técnica de fabricación. Este horno tenía dos cámaras independientes: la inferior o de combustión es donde se quemaba la leña y la superior o de cocción es donde se colocaban las piezas cerámicas. Ambas cámaras estaban separadas por la parrilla, una superficie de obra perforada para facilitar el paso del calor.

La producción de cerámica íbera logró una gran calidad. El complejo proceso de elaboración comenzaba con la obtención de arcillas de unas características concretas, su trituración y depuración mediante balsas de decantación sucesivas. Los bloques de arcilla así obtenidos se almacenaban húmedos a la sombra para conseguir la descomposición de los restos orgánicos que pudiera contener. A continuación se procedía a un concienzudo amasado, proceso durante el cual se añadían los desengrasantes, habitualmente rocas, cerámica o conchas debidamente trituradas y que se incluían para mejorar las cualidades de la cerámica y soportar mejor los cambios de temperatura. A partir de aquí ya se modelaban y añadían los demás elementos como asas o pitorros, tras lo que las piezas se dejaban secar lentamente. Sólo después de este secado se podía proceder a su cocción, en un proceso muy especializado que implicaba un gran dominio del fuego. La cocción comenzaba con un aumento gradual de la temperatura del horno hasta alcanzar de 900 a 1000 grados centígrados. Este proceso de cocción duraba entre 15 y 20 horas. A continuación había un lento enfriamiento que podía alargarse durante varios días, ya que cualquier contraste brusco de temperatura a veces provoca la rotura de las piezas. Si se deseaba obtener acabado más fino se añadía un baño de arcilla líquida muy depurada, método conocido como engobe, que también podía servir para cambiar el color de la pieza mediante la adición de colorantes a la arcilla. A veces, previamente a la cocción se realizaba una decoración pictórica que, por lo general, utilizaba líneas y motivos geométricos muy repetitivos y estandarizados, siendo los elementos figurados muchos menos abundantes. Para la pintura era habitual que se utilizase pigmentos minerales, sobre todo el óxido de hierro que aportaba una típica coloración de color castaño, y el óxido de manganeso que proporcionaba el color negro. Otros elementos decorativos menos utilizados fueron el estampillado y el bruñido. El estampillado se conseguía aplicando pequeñas matrices sobre el barro aún fresco y el bruñido se obtenía mediante el frotado de la pieza antes de su cocción consiguiéndose un mayor brillo y suavidad.

La actividad cerámica normalmente se desarrollaba fuera de los poblados, ya sea en las cercanías de los mismos o en vías de comunicación, en un lugar de fácil acceso a yacimientos de arcilla, agua y leña. Se han localizado un buen número de hornos cerámicos. Los más antiguos son de finales del siglo VII a.C. e inicios del siglo VI a.C., como los de Pinos Puente (Granada) y Las Calañas de Marmolejo (Jaén).

Industria textil.

La actividad textil de los íberos tuvo gran importancia y las fuentes antiguas alababan su calidad. Se utilizaban materias primas de origen vegetal y animal. Entre las de procedencia vegetal destacaron el lino y el esparto, mientras que de procedencia animal fue sobre todo la lana.

A pesar de haber localizado algunos talleres textiles especializados, como el del siglo III a.C. del poblado de Coll de Moro (Gandesa, Tarragona), habitualmente sería una labor doméstica, ya que se han encontrado muchos elementos de telar e hilado en el interior de las viviendas. Entre ellos destacan dos piezas: las fusayolas y las pesas de telar. Las fusayolas eran pequeñas piezas de cerámica o de piedra perforadas por su parte central para pasar una varilla (el uso) y servían de contrapeso en el hilado por torsión. Algunas presentaban una profusa decoración e incluso inscripciones en lengua íbera. Las pesas de telar o ponderales tenían una o más perforaciones transversales, que servían para mantener tensas las hebras de hilo mientras se tejía. Se utilizaba principalmente el telar vertical, apoyado contra los muros, como se puede apreciar en un vaso localizado en Sant Miquel de Llíria (Valencia), pero también el de placas y el de liza, que son telares de mano muy útiles para la confección de tiras estrechas decoradas.

Según las representaciones artísticas que nos han llegado, tanto los hombres como las mujeres se vestían básicamente con dos prendas, la túnica y el manto. En el caso de los hombres, la túnica podía tener diversas longitudes, aunque habitualmente era corta y se sujeta con un cinturón o cordón. El manto se utilizaba cubriendo a la túnica y estaba tejido en una sola pieza, siendo de muy variados tipos y llevándose normalmente sujeto al hombro derecho mediante una fíbula o imperdible. En las representaciones aparecen menos frecuentemente los pantalones y las chaquetillas ajustadas. En el caso de las mujeres, la túnica solía ser larga, incluso hasta los tobillos y se han identificado diversos tipos gracias a los exvotos femeninos: lisas, plisadas, con volantes, etc. El manto cubría a la túnica y llegaba hasta los pies. También en ocasiones se utilizaría un velo que llega hasta los hombros. En cuanto al calzado, abundarían los de paño y cuero con suelas de esparto tanto para hombres como para mujeres.

Metalúrgica.

El principal motivo de la llegada a comienzos de primer milenio a.C. de los primeros comerciantes fenicios al sur de la Península Ibérica fue el conseguir metales, cuya presencia abundaba en esta zona. Aunque los metales preciosos eran los más escasos y se reservaban principalmente para la joyería y la fabricación de algunos objetos de lujo.

El oro, la plata y el estaño eran los metales más apreciados. El oro se obtenía principalmente de los cauces de los ríos. Eran pepitas que se extraían sobre todo de varios afluentes del río Guadalquivir, como el río Genil y el río Darro, aunque también de otros ríos como el Segura. También había algunas explotaciones mineras, como las minas de Riotinto en Huelva, que eran otra importante fuente de donde se obtenían metales. La plata tenía el mayor centro productor en Cástulo (Linares, Jaén), aunque también se hallaba en diversos lugares del resto del sur y sureste peninsular. El estaño se localizaba principalmente en el noroeste peninsular y llegaría al sur a través de rutas terrestres y marítimas. Éste era un metal escaso y se utilizaba frecuentemente para la obtención de bronce. El bronce es una aleación que se obtenía con cobre y estaño. De forma menos habitual se conseguía el bronce mediante la combinación de cobre, estaño y plomo. El estaño está en una baja proporción por su escasez en el área íbera. El cobre y el plomo tenían como centros de producción destacados los de Riotinto en Huelva o Cerro Muriano en Córdoba. El plomo se obtenía en grandes cantidades como un subproducto de la plata, ya que por cada kilo de plata se conseguían 100 kilos de plomo. Tenía muchas utilidades gracias a su bajo punto de fusión y su maleabilidad. Por ejemplo recipientes, grapas para fijar sillares, lastre y cepos de ancla para los barcos o láminas para soporte de escritura. También se utilizaba en combinación con el estaño y el cobre para obtener un bronce de mayor calidad.

El hierro permitió a los íberos fabricar gran cantidad de objetos que se caracterizaban por su dureza y resistencia, como armas, aperos agrícolas, piezas de carros, atalajes de caballos, etc. Era un metal muy abundante y su manipulación para producir las piezas requería unas técnicas complejas que posiblemente fueron introducidas por los fenicios en el siglo VIII a.C. Su principal dificultad era conseguir la temperatura de fusión del metal, que es de 1536 grados centígrados, mientras que los hornos de los íberos anteriores a los fenicios apenas sobrepasaban los 1000 grados centígrados.

Arte.

Los íberos alcanzaron una calidad muy reseñable en sus representaciones artísticas, que recogieron una gran influencia de las culturas griegas y fenicias. La escultura fue posiblemente la forma de expresión artística más importante. En ella se aprecia claramente los influjos externos, principalmente griegos. La motivación principal en la creación de las distintas piezas posiblemente se debería a que las élites buscaban una forma de marcar claramente las diferencias con el resto de la población y hacer ostentación de su supuesto pasado heroico. La mayoría de ellas se encontrarían en ámbitos funerarios. Una característica muy extendida es la metódica destrucción de la que fueron objeto buena parte de los monumentos escultóricos y se ha relacionado con las revoluciones sociales que modificaron las estructuras sociales a lo largo del desarrollo de la cultura íbera. De este modo se intentaría acabar con los símbolos de los anteriores dirigentes.

Los materiales que se utilizaron son las piedras que no fuesen duras, algo que facilitaba el trabajo y permitía utilizar materiales como escoplos, formones y gubias, que se podrían golpear con mazos de madera e incluso con la mano. Para hacer agujeros en la piedra se utilizaba el trépano y para el alisado de las superficies se usaban abrasivos, posiblemente en polvo. Muchas piezas se pintaban, bien directamente sobre la piedra o tras recibir ésta una imprimación previa. Algunos ejemplos entre las importantes piezas que nos han llegado son la Dama de Elche en Ilici (Elche, Alicante), la Dama de Baza en Basti (Baza, Granada), la Bicha de Balazote (Albacete), el León de Nueva Carteya (Córdoba), el Cipo de Jumilla (Murcia), los relieves de algunos sillares del monumento funerario de Pozo Moro (Chinchilla, Albacete), el conjunto escultóricos del Cerro de Los Santos (Montealegre, Albacete) y el conjunto escultórico de Porcuna en Obulco (Porcuna, Jaén). Los exvotos y las figuras de terracota, tratados anteriormente, son también otras importantes representaciones artísticas íberas.

En cuanto a la orfebrería, se fabricaron anillos, pendientes, collares, diademas, brazaletes, pulseras, fíbulas, broches de cinturón, etc. Se realizaban en oro, plata o bronce. Entre las técnicas decorativas destacaron: el repujado, consistente en dar relieve a una lámina de metal mediante el golpeo de la pieza; el grabado que es el dibujo de los motivos mediante incisiones con un instrumento puntiagudo; la filigrana, técnica compleja en la que mediante el calor se aplican hilos metálicos sobre la superficie de la pieza formando figuras; y, por último, el granulado, que se trata en la formación de diminutos granos esféricos de metal que se aplican sobre una superficie hasta dar forma a los motivos decorativos.

La pintura prácticamente sólo se conserva en las representaciones figurativas plasmadas en las cerámicas. Podían tratarse de elementos decorativos, textos escritos, personas, animales y vegetales. También se conoce de pinturas que cubren las paredes de algunas tumbas de cámara, como la de Galera (Granada) y actualmente desaparecidas.

También es importante la fabricación de vajillas de lujo, para la que se utilizaba principalmente plata y bronce primorosamente trabajados mediante el repujado, el grabado y el nielado. Algunos de los ejemplos más conocidos de estas vajillas han aparecido en los tesoros de Salvacañete (Cuenca), Mengíbar (Jaén) y Tivissa (Tarragona).

Ocaso.

El final de los iberos comenzó en el año 238 a.C. con la llegada de las tropas cartaginesas al mando de Amílcar Barca a las costas de Gadir. Su intención era hacerse con el control de los abundantes recursos de la zona, entre los que sobresalían las ricas zonas mineras que existían en el sur peninsular. Los cartagineses llevaron a cabo una política de control del territorio que les llevó a enfrentamientos con los pueblos del sur de la Península Ibérica. Hubo una coalición de estos pueblos autóctonos, dirigidos primero por Istolacio y a su muerte por Indortes, los cuales se enfrentaron a los invasores hasta ser derrotados. En la conquista por parte de los cartaginenses se sucedieron Amílcar, Asdrúbal y Aníbal que, con una política más agresiva, consiguió la dominación de los pueblos indígenas.

Los romanos, que seguían de cerca las actividades de los cartagineses, acabaron declarando la guerra a los cartagineses tras la toma por parte de éstos de la ciudad aliada romana de Sagunto, después de un asedio de ocho meses. Con este suceso comenzó la Segunda Guerra Púnica. Los ejércitos romanos combatieron contra los cartagineses en suelo íbero.

El desarrollo de la guerra entre las dos potencias, la romana y la cartaginesa, afectó de forma decisiva a los pueblos íberos, cuya suerte en muchos casos dependía en gran medida por el proceder de sus dirigentes, ya que las alianzas de cada jefe nativo marcarán el futuro de su comunidad, provocando el florecimiento de unos y la ruina y destrucción de otras. Los romanos finalmente vencerían y expulsaron a los cartagineses en el año 201 a.C. A la victoria romana se sucedió un periodo de levantamientos indígenas, aplastados sin miramientos por las nuevas autoridades. Esta política represiva provocó el abandono de numerosos asentamientos íberos y la disolución de las estructuras políticas de gran cantidad de territorios.

Después de conquistar Gadir, desde finales del siglo III a.C. y durante aproximadamente los siguientes cincuenta años, la presencia romana en suelo íbero quedaría restringida casi en su totalidad a los contingentes militares, mientras que a partir de la segunda mitad del siglo II a.C., comenzó un proceso de reorganización del territorio conquistado que originó la fundación o refundación de ciudades, de las que Valencia sería el primer ejemplo en el año 138 a.C. A esto se unió la llegada de bastante población de origen itálico, la creación de una nueva red de vías de comunicación y la expansión de asentamientos rurales, con la aparición de un modelo de explotación basado en las villas romanas, las casas de labor aisladas que formarían centros de explotaciones agrarias. Este proceso de desarticulación del mundo íbero continuaría a lo largo del siglo I a.C. con la progresiva adopción de los modos de vida, idioma e incluso el aspecto exterior romano, aunque tras esta fachada romanizada perdurarán durante mucho tiempo múltiples aspectos de las antiguas tradiciones, sobre todo en el mundo rural, más alejado de los nuevos centros de poder de las ciudades. La extinción definitiva de los íberos todavía tendría que esperar algún tiempo más.

Es muy relevante lo similar que en bastantes aspectos era la forma de vida de los pueblos íberos durante su época de mayor esplendor en aquellos lejanos tiempos, si la comparamos con la que ha habido en muchos lugares de España hasta bien entrado el siglo XIX e incluso inicios del siglo XX, periodo a partir del cual los grandes cambios sociales y tecnológicos han ido modificando poco a poco la forma de vida de la sociedad en general.

 

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